domingo, 4 de enero de 2026

El PSOE, entre la Obsolescencia y la Homeopatía (también con Venezuela)







Javier Lucena
Colectivo Prometeo

Mientras las izquierdas andan enfrascadas en una supuesta crisis, quien de verdad enfrenta una en estos momentos es el PSOE, una importante crisis que pudiera agravarse en un futuro próximo y de la que no es sino un reflejo la que padecen aquellas izquierdas , un efecto colateral del derrumbe de la operación socialista Sumar, que en su caída arrastra - pretende arrastrar en un último o penúltimo acto de servicio - a todo el espectro para cuya eliminación fue concebida, del mismo modo que en su día se organizó la operación Nueva Izquierda contra la Izquierda Unida de Julio Anguita, en beneficio del PSOE, donde terminaron la mayoría de sus dirigentes (por cierto, una Izquierda Unida que hoy parece haber perdido la memoria y la orientación).

Pero la crisis socialista es más profunda que lo que transmite la espuma diaria de los medios de comunicación, limitándola a determinados casos que afectan a dirigentes de la formación, a Pedro Sánchez y a sus familiares. Se trata de una crisis de fondo que tiene que ver tanto con factores que podríamos llamar histórico-estructurales – perdón por el palabro -, como con factores internos a la propia formación. Y entre los primeros hay que distinguir a su vez, de un lado, los relacionados con las corrientes políticas generales en Occidente y, de otro, los relativos a nuestro país.


El final de la ola socialdemócrata

Así, si en un primer momento el PSOE de la Transición recogió el final de la ola socialdemócrata e impulsó un modesto e incompleto Estado de Bienestar, centrado en la sanidad, la protección social y la educación públicas, también es cierto que aquellos años 80 del siglo pasado fueron los mismos en que llegaban al poder Reagan (USA) y Tatcher (Reino Unido) y se puso en marcha la contrarrevolución neoliberal, que alcanzaría su máxima pujanza tras el hundimiento de la URSS en 1991.

Para el capitalismo era el momento de comenzar a declarar obsoleto el Estado de Bienestar, divisa identitaria de la socialdemocracia, dado que el papel de contención de la clase trabajadora frente a “veleidades soviéticas”, que había jugado tras la II Guerra Mundial, dejaba de tener sentido para el mismo y podía así reducir la parte del pastel de la riqueza que compartía con dicha clase, por limitada que fuera. Tal proceso neoliberal extiende de hecho sus efectos hasta la actualidad, en la que somos testigos de los últimos trabajos de demolición de los servicios públicos de bienestar, bajo la batuta de la llamada privatización y el régimen de guerra.

El neoliberalismo, que fue ganando adeptos no sólo entre las derechas, sino también entre los socialistas – que terminaron abrazándolo -, se fue haciendo paulatinamente con la Unión Europea, lo que quedó definitivamente claro a partir del Tratado de Maastricht, firmado en 1992 por los países miembro (incluido el gobierno español de Felipe González), de modo que la constitución material europea, que regiría la Unión desde esos momentos hasta hoy, descartaba y descarta la aplicación de cualquier agenda ligeramente socialdemócrata (de la socialdemocracia histórica), como se vio en Grecia con Syriza, tras su acceso al gobierno de Grecia en 2015. No es descabellado afirmar que hoy un Olof Palme estaría proscrito del poder en nuestro continente, si no preso.

Este proceso ha sido tan profundo y extenso que la socialdemocracia, que todavía a principios del siglo XXI gobernaba Alemania, Reino Unido, Italia, Francia, Países Bajos, Portugal, Suecia y la Comisión Europea, en la actualidad apenas lo hace en Reino Unido, Dinamarca y España y, en los dos primeros de estos países, desplegando políticas claramente de derechas (de las que despliegan en España hablaremos más adelante). Por si fuera poco, la nueva ola trumpista que atraviesa Europa es posible que acentúe aún más este proceso de decadencia.

Así, pues, la decretada obsolescencia – por el gran capital - de la socialdemocracia, una vez cumplido su papel, sería uno de los factores que están detrás de la presente crisis del PSOE, aunque también haya que reconocer que ha sido uno de los partidos de esa corriente que más ha resistido los embates de dicho proceso.


La decadencia del Régimen del 78


Pero a ese devenir histórico general, en la crisis socialista española confluyen también una serie de factores propios de la historia de nuestro país. Como ya han señalado algunos analistas como Manolo Monereo, el papel fundamental del PSOE en el llamado régimen del 78 hispano fue "incorporar" a las clases subalternas (clase obrera y sectores populares conexos) al propio régimen, facilitando así su legitimación. Evidentemente hablamos de una incorporación simbólica, toda vez que el poder económico siguió estando en manos de las mismas élites que lo detentaron bajo el franquismo. Dicho papel convertía a los socialistas en uno de los dos pilares básicos bipartidistas de la restauración monárquica y, en consecuencia, gozó de cuotas relevantes de influencia, que ahora se encuentran muy disminuidas. Como tal pilar, su función era sostener la propia estructura básica del poder económico y la institucionalidad de la monarquía parlamentaria, ofreciendo una versión blanda del régimen (reconocimiento de ciertos derechos civiles, suavización de las aristas económicas más agresivas...), mientras dejaba al PP la versión dura, en una suerte de reparto de papeles, el hardpower para los populares y el shoftpower para los socialistas. En cualquier caso, ambos pilares, para serlo, debían de carecer de cualquier proyecto de transformación profunda del país, como quedaba claro en la propia Constitución, diseñada para que en lo esencial fuese y sea irreformable en la práctica.

Pero como nada es eterno, el comienzo del resquebrajamiento del régimen del 78 llegaría finalmente a raíz del crack económico del 2008, que derivaría posteriormente - 15 M de 2011 mediante - en la ruptura del bipartidismo a partir de 2015 con el surgimiento de Podemos en la izquierda y, más tarde, Ciudadanos, en la derecha, partido éste que tras su disolución vería ocupado su lugar en la ruptura del bipartidismo por la extrema derecha de Vox.

En este contexto, también en el marco de la nueva ola trumpista que va apoderándose de Europa y que se refleja en nuestro país de la mano de ese mismo Vox, se produce un gran corrimiento del espectro político hacia la derecha, o de lo que se ha dado en llamar la Ventana de Overton, de modo que posiciones antes inaceptables en nuestra sociedad como las filofascistas, se han ido viendo cada vez más normalizadas a través de medios de comunicación y redes sociales, eso sí, siempre contando con un importante y opaco apoyo económico detrás.

A raíz del fin del bipartidismo y de dicho corrimiento del espectro político, lo que se ha producido respecto al PSOE es que las élites españolas (económicas, sociales e institucionales), profundamente reaccionarias, comienzan a plantearse que el partido socialista es prescindible y no resulta necesario para la gestión del régimen; que no hay por qué compartir con él ninguna zona de influencia. Y entre esas élites se encuentran los sospechosos habituales: las grandes empresas, la monarquía, los medios de comunicación, la alta judicatura, la Conferencia Episcopal, las direcciones de los cuerpos y fuerzas de seguridad y del ejército, quienes obedeciendo a la llamada de Aznar de "que cada cual haga lo que pueda", han puesto cerco al partido socialista para desplazarlo del poder por todos los medios, sin descartar la prisión para familiares del jefe de gobierno, Sánchez. Se trata de aplicarle al PSOE lo que ya ensayaron y practicaron con éxito con los nacionalistas vascos y catalanes y con Podemos, a quien machacaron inmisericordemente desde el minuto cero de su existencia, hasta reducirlo a los huesos. Y se trata, como no, de que la derecha extrema y la extrema derecha hagan valer que ellos han patrimonializado históricamente y patrimonializan aún el poder en España y que si hasta ahora lo habían compartido, ya no toca.

De este modo, de la misma manera que la socialdemocracia ha devenido obsoleta para el capitalismo, en nuestro país también ha devenido obsoleto su representante, el PSOE, para el nuevo momento del Régimen del 78. Nada tendría de extraordinario que el bipartidismo se reeditara, pero en una versión autoritaria jugada solo en el espacio de las derechas, entre PP y Vox, relegando al PSOE y resto de actores a papeles residuales sin peso, eso si no terminan aplicándoles medidas represivas más duras (véase al respecto los resultados en las elecciones autonómicas de Extremadura)


Socialistas sin proyecto o el poder por el poder


Hasta aquí los factores que hemos llamado histórico-estructurales, tanto internacionales como españoles, tras la crisis socialista. Pero nos faltaría acudir al modo de acción política del PSOE para entender la crisis socialista en toda su amplitud.

Sucede así que, al carecer de agenda política con contenido diferencial relevante (socialdemocracia histórica) y al carecer también de proyecto de estado y de voluntad transformadora real del régimen del 78, el PSOE ha ido cayendo cada vez más en un mero tacticismo de supervivencia, reduciéndose a un aparato electoral de autoreproducción. Como resultado, los socialistas han conformado al fin un modo de orientación política cuya principal característica es su accionar puramente retórico, con contradicciones sistemáticas entre las declaraciones de sus dirigentes y la práctica real del gobierno:

  • Así, por ejemplo, el caso de las declaraciones (eso sí, tardías) contra el genocidio en Gaza, mientras el ejecutivo continúa de hecho con las relaciones económicas, militares y diplomáticas con Israel.

  • O afirmar que no se está por alcanzar el 5% del gasto en defensa, pero a la vez firmar el compromiso por esa cifra con el resto de los miembros de la OTAN e incrementar exponencialmente el gasto militar.

  • O proclamarse feminista y aliarse con PP y Vox para dejar caer la ley del Solo sí es sí.

  • O mostrar preocupación por el acceso a la vivienda, pero no poner en marcha ninguna medida de fondo contra la crisis habitacional.

  • O hablar del racismo y xenofobia de las derechas, pero impedir que se apruebe la regularización de inmigrantes indocumentados con años de estancia en nuestro país, que duerme en algún cajón del Parlamento.

  • O hablar del peligro que para las libertades representa la extrema derecha y seguir manteniendo y aplicando la llamada ley mordaza contra los movimientos sociales.

  • O “asumir” la preocupación de la población con el deterioro creciente de la sanidad pública, pero en vez de eliminar la ley 15/1997, que permite la privatización y externalización en la sanidad pública española, aprobada en su día por el gobierno de Aznar con el beneplácito del propio PSOE, marear la perdiz con una supuesta reforma descafeinada de la sanidad que no llega si quiera a presentarse.

  • O el anuncio periódico de medidas contra la corrupción, mientras en la práctica no se pone en marcha ninguna de calado.

  • [O como veremos ahora, con el ataque terrorista de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro de su presidente, que ocurre en los mismos momentos en que escribo este artículo, se desatará una ola de buenas palabras gubernamentales y ninguna actuación en contra de la agresión y en defensa de la soberanía venezolana, mientras – eso sí – se mantiene una posición servil real hacia Trump]


Es más, cuando a los socialistas, más allá de la retórica y como resultado de la presión social o de sus socios de Unidas Podemos, no les ha quedado más remedio que adoptar medidas reales de abordaje de los problemas sociales, su papel sistemático ha sido el de freno de mano y rémora para la tramitación de los proyectos legislativos y la adopción de las medidas correspondientes, para terminar, llegado el caso de verse forzado a ello, a adoptar una actitud que podríamos llamar homeopática, jibarista, de reducción al mínimo posible de su capacidad transformadora. Fue así el caso de la ley de vivienda, promovida en el anterior gobierno, en la que se matizó al máximo el control de precios de alquileres, se mantuvo el alquiler temporal – un auténtico coladero para incumplir con la ley – y se dejó de abordar el problema de la explosión de los alquileres vacacionales, que tanto ha influido en la subida de los precios. O fue también el caso de la puesta en marcha del Ingreso Mínimo Vital, una medida clave para reducir la pobreza y exclusión social extremas, pero cuya tramitación se convirtió en un auténtico campo de minas de complejidades burocráticas para las personas destinatarias, de modo que sólo ha alcanzado a la mitad de la población a la que iba dirigida y, de la que ha alcanzado, el 70% continúa en situación de pobreza.1


Bajo la alfombra


Esta vacuidad del modo de actuar del PSOE, que tiene más que ver con una permanente actitud de desactivación del conflicto social y de disolución de las iniciativas sociales de transformación, en un contexto de auge de las extremas derechas, ha reducido todo el programa político socialista al llamado malmenorismo: “que viene el lobo, que viene Vox; mejor votadnos a nosotros que a esos desalmados”. Un programa sin duda perdedor, porque no encierra ninguna propuesta positiva; porque la extrema derecha está cada vez más normalizada, gracias a sus apoyos mediáticos y económicos; porque el miedo, lejos de activar la resistencia, siempre contribuye a alimentar el caldo de cultivo reaccionario; y porque al separar a Vox de su socio y aliado PP, deja a éste como una “buena” opción para “frenar” a aquél, algo que ya ocurrió en Andalucía en 2022, cuando los socialistas alimentaron el protagonismo en la campaña de Macarrona Olona, haciendo crecer de rebote al suavón Moreno Bonilla, que se erigía así en una “razonable” opción “moderada”.

Por si eso fuera poco, en estos últimos meses ha llegado un momento en que los problemas escondidos bajo la alfombra de la retórica vacua han terminado por estallar, como ha ocurrido con el feminismo y la corrupción, cuando se ha desatado una auténtica marea Me Too al interior del propio PSOE contra el machismo y el acoso sexual y cuando hemos sido testigos de un patético desfile por juzgados y prisiones de secretarios de organización socialistas, el corazón del partido.


¿Qué alianzas?


Llegados hasta aquí, cabe preguntarse si desde una óptica de izquierdas tiene sentido permanecer en un gobierno liderado por el PSOE más retórico, malmenorista y militarista, o son tiempos que exigen una ruptura y una apuesta decidida por una agenda radical, tan radical como el proyecto trumpista facistoide que tenemos en frente. Para mí que la presente es la hora de los Mandanis y no de las Yolandas.

No se trata de dejar caer a ningún gobierno, sino de entender que es el momento de ser coherentes entre las declaraciones programáticas y la disposición auténtica a su realización práctica, el momento de la radicalización política en el mejor de sus sentidos, el de ir a la raíz de los problemas, ofrecer programas ambiciosos y rigurosos, y el momento de demostrar que no tiembla el pulso cuando toca llevarlos a cabo o exigirlos. Porque se trata, nada más y nada menos, que de todo un reto civilizatorio frente a la barbarie.

La izquierda, las izquierdas plurales tienen que entender que hay que soltar el lastre de ese PSOE y sus adjuntos (Sumar) y que se abre un espacio político muy amplio para el cambio que, si no ocupamos nosotros junto a los movimientos sociales y sindicales de clase, lo ocuparán las extremas derechas, porque en política no existe el vacío. Esas deberían ser nuestras alianzas y coaliciones.

Si nos lo creemos y ponemos empeño en la tarea, podemos sorprendernos hasta nosotros mismos.

1 comentario:

  1. Radiografía muy clara sobre la situación política actual, Con sidero en línea con lo expresado en el artículo que es hora de que el movimiento social progresista de base se movilice para construir una alternativa a la mediocridad política que prelace en el contexto de la izquierda, por encima de los aparatos partidistas de la misma, creando liderazgos que respondan y sean fieles a la defensa del interés de la mayoría y no caiga de nuevo en luchas cainitas que traicionen el movimiento social. Como anécdota, comentar que si hoy existiera un Olof Palme, lo volverían a asesinar, pues su muerte eliminó el último obstáculo y despejó el camino a la Internacional Socialdemócrata para abrazar el sioliberalismo, que históricamente ha supuesto la aplicación de gatopardismo en el ámbito de la política.

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