viernes, 29 de mayo de 2020

y III. Mortalidad por coronavirus.


Antonio Pintor
Colectivo Prometeo

Mascarillas, pruebas diagnósticas y mortalidad por coronavirus.

En la pandemia causada por el coronavirus el número de personas fallecidas a causa de la enfermedad ha sido uno de los elementos más utilizados por la oposición política para atacar al gobierno de España. La manipulación que desde distintos medios se ha estado haciendo para trasladar el mantra de que el gobierno mentía acerca de estas cifras ha sido descarada y carente de justificación pues no parece que en principio haya ningún responsable de estas muertes que no sea el coronavirus, sin embargo al sembrar la duda acerca del rigor en las cifras puede verse el intento de transmitir la idea de culpabilidad de las muertes hacia el gobierno, creando un estado de desconfianza en la población hacia las informaciones oficiales.


En un momento con más dudas que certezas ante la terrible enfermedad que nos asola, en el que seguir las recomendaciones que nos dan desde el ministerio es la mejor y única herramienta que disponemos en la lucha contra esta enfermedad, la oposición se dedica a cuestionarla y sembrar el escepticismo. Es lamentable, además de un craso error, que los intereses partidistas de quienes representan la derecha se haya impuesto a la sensatez y protección de la salud de los españoles. El papel de la oposición política de nuestro país en esta crisis sanitaria no solo no ha aportado ninguna ayuda a quienes se han visto en la responsabilidad de enfrentarse al grave problema sanitario causado por la epidemia sino que se ha convertido en un problema añadido. Instalada en un discurso negativo ante todo, incapaces de aportar soluciones, siendo su única preocupación desde que se inició la crisis el acoso y derribo del gobierno, con tal descaro que incluso han llevado a la practica el dicho marxista ¡de Groucho!: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Así hemos podido ver cómo, a posteriori, reprochaba al gobierno no haber implantado antes el estado de alarma, siendo fácil comprobar en las hemerotecas las declaraciones y conductas que en esos momentos protagonizaban figuras destacadas de la política y medios afines a la derecha, que instalados en la normalidad e incapaces de ver el peligro, como nos ocurría a todos, acusaban al gobierno de alarmismo ante una infección que no suponía riesgo alguno. No quiero pensar la que hubiesen montado si en esos momentos en los que el número de infectados era mínimo y aún no se había producido ninguna muerte, se hubiesen tomado las medidas que se vio obligado a instaurar semanas después ante la evidencia y la gravedad de los acontecimientos que se avecinaban. Como muy bien le dijo el ministro Salvador Illa a la diputada del Partido Popular, si en un momento en que había 416 casos nuevos y 95 fallecidos se niegan a apoyar el estado de alarma quien se va a creer que con 17 casos y ningún fallecido lo iban a hacer. Es pura hipocresía.

Es fundamental para comprender los datos que se aportan sobre la muerte producida por la infección del Covid-19 tener claros dos conceptos:
- Tasa de Mortalidad: se calcula poniendo el número de muertes causadas por el virus en el numerador, y el número de personas que viven en el territorio al que nos estemos refiriendo en el denominador (continente, país, comunidad, provincia, etc.). La dificultad de conocer con exactitud esta tasa estriba en la necesidad de saber quiénes de los fallecidos lo han sido a causa de la infección, para lo cual tendríamos que ser capaces de diagnosticar correctamente a todos los infectados, algo que ha sido y sigue siendo imposible.
- Tasa de Letalidad: en este cálculo el numerador de la tasa sigue siendo el número de fallecidos, pero el denominador es el número de contagiados (diagnosticados) y no habitantes. Este dato nos aporta información sobre la agresividad del agente infeccioso y la capacidad de respuesta del sistema sanitario ante la enfermedad. Está influido por la extensión diagnóstica que se realice. El problema es que no conocemos el número real de infectados, de manera que si la capacidad diagnostica se limita a los pacientes que acuden al hospital, que lógicamente son los más graves, y dejamos fuera los leves o asintomáticos que se quedan en el domicilio, como ha ocurrido en nuestro país al inicio de la epidemia, obtendremos una alta letalidad que no se corresponde con la real.
Si escuchamos lo que de manera clara e insistentemente el director del sistema de emergencias Fernando Simón y el propio ministro de sanidad nos vienen diciendo desde que empezó la pandemia sobre los datos acerca de los fallecidos, no hay lugar para la duda salvo en mentes retorcidas. Siempre han mantenido que las cifras, obtenidas a través de las comunidades autónomas, hacían referencia a lo que de “manera consensuada” y en aras de homogeneidad en los datos a nivel europeo se consideraba “muerte por coronavirus”, consistente en “aquella persona fallecida con una prueba PCR positiva”. Es obvio y también lo han explicado que con esta sistemática quedaban fuera las personas fallecidas por Covid-19 que no hubiesen tenido acceso a la correspondiente prueba, por lo que las cifras aportadas por los distintos países estaban influidas, entre otras cosas, con el número de test realizados. En definitiva que los datos informan de lo que significan, es decir, personas fallecidas por coronavirus con una PCR positiva, y sirven para tener una idea desde la perspectiva epidemiológica del estado de la enfermedad. Para aproximarnos a la mortalidad real necesitamos tener en cuenta, además de los anteriores, otros indicadores como el registro de monitorización de mortalidad (MoMo) que nos informa de la mortalidad global de los últimos años, con lo que podemos comparar la ocurrida en meses similares de años anteriores con la actual y ver la diferencia que sería un indicador indirecto de la posible mortalidad añadida por el virus. De manera que la información está delante de nuestras narices, es pública y solo se necesita preocuparse en estudiarla y sacar las conclusiones. Algo que va más allá de las capacidades de algunos que se llaman periodistas, comunicadores televisivos o radiofónicos y por supuesto de los gurús de las redes. La falta de entendimiento de estos mensajes claros por parte de los políticos de la derecha y sus voceros tiene otro matiz, no se trata tanto de que no se enteren, que es posible, sino que su objetivo es poner en evidencia la gestión del gobierno, aunque para ello tengan que recurrir a la mentira, puesto que, por desgracia, mentir es una manera sencilla para alcanzar el poder dada la credibilidad que poseen quienes ocupan una alta posición entre los que desde su afinidad política conforman el “nosotros”. No es casualidad que sea en la política donde se encuentra más representada la personalidad mentirosa y manipuladora por antonomasia, el psicópata.
Las pruebas que los investigadores están aportando indican que somos proclives a creernos determinadas mentiras aun cuando existan pruebas patentes de que no son verdad. Nuestra tendencia a engañar y nuestra vulnerabilidad a ser engañados, resultan preocupantes en una época de expansión de las redes sociales en la que la capacidad de la sociedad para discriminar entre verdades y mentiras nunca había estado tan amenazada.
En un momento en que la amenaza de pandemias es real y cada vez más probable, cuando necesitamos buscar las causas, conocer la verdad y estar más unidos que nunca como colectividad mundial para hacer frente a un enemigo común, pues todos vamos en la misma nave, en nuestro país nos dedicamos a usar los muertos como elemento para la disputa del poder político.
Recordemos las clarividentes palabras del premio Nobel doctor Joshua Lederberg: “El microbio que ayer se llevó la vida de un niño en un recóndito continente puede llegar al nuestro hoy y sembrar una pandemia mundial mañana”. Espero y deseo que nos hagan reflexionar y se fomente la unión entre las personas honradas y comprometidas de este mundo por el bien de todos. Algo muy necesario ante las actuaciones tan mezquinas y aberrantes como acudir a un juzgado para achacar la muerte de las victimas del coronavirus al médico que con su honestidad, sabiduría y bien hacer nos ha ido sacando de la epidemia en nuestro país, el doctor Fernando Simón, a quien en lugar de reconocer su inmenso servicio a la patria se intenta destruir su prestigio científico. ¡Qué país!

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