sábado, 20 de marzo de 2021

(y III) Frente al “negacionismo” y “afirmatismo”, escepticismo científico. (Trilogía: El negocio de las Vacunas del COVID-19)

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Antonio Pintor
Colectivo Prometeo

“Pienso que para la mayoría de las enfermedades es más barato, más humano y más eficaz controlar su origen que tratarlas una vez se han producido”.

Thomas McKeown

El título del escrito refleja mi posición con respecto a las vacunas contra el SARS-COVID-2.

No comparto, ni las posturas “negacionistas” por situarse fuera de la ciencia, ni las de los “afirmativistas” por exceso de credulidad en gobiernos, industria farmacéutica y otros organismos e instituciones que han demostrado carecer de credibilidad. Intento situarme en una postura crítica  basada en un escepticismo científico que propicia el debate basado en pruebas. Ese es mi objetivo, otra cosa es que lo consiga.  

Desde el inicio de la pandemia, hemos podido comprobar una polarización política extrema, reflejada en el rechazo y falta de colaboración por parte de la oposición ante cualquier medida adoptada por el gobierno de la nación. Así, hemos visto opiniones enfrentadas sobre el uso de mascarillas, el número de fallecidos, el tipo de pruebas, la necesidad del estado de alarma y no digamos sobre la implantación de los confinamientos. Un enfrentamiento  entre los representantes políticos tan esperpéntico, que resulta preocupante pensar que dependemos de ellos para salir de la pandemia. Esta fuerte polarización entre la clase política se ha trasladado al seno de la sociedad en el posicionamiento respecto a las vacunas, que se ha dividido entre quienes manifiestan un rechazo visceral y quienes hacen una defensa numantina sobre ellas. Ambos bandos con la misma fe en sus creencias y la misma ceguera ante las pruebas, en uno u otro sentido, consecuencia del “sesgo de confirmación” que “todos” padecemos y la dificultad para comprender los datos de los estudios realizados, resultado de nuestra incompetencia con los números en general y con la estadística en particular. 

Las vacunas, de acuerdo con lo expresado en la cita de McKeown que encabeza el escrito, gracias a la función preventiva que realizan, son los tratamientos médicos más valiosos, más económicos y, en muchos casos los más seguros para librarnos de las enfermedades. Gracias a ellas, desde su inicio con la vacuna de la viruela en el siglo XVIII por Edward Jenner, se han salvado millones de vidas.

El economista Joseph Schumpeter afirmó que, “el capitalismo moriría como consecuencia de su propio éxito”. Algo parecido ocurre con las vacunas, que gracias al éxito que han supuesto para acabar o controlar algunas enfermedades, ya hemos olvidado las tragedias que provocaban. Nadie recuerda las muertes y cicatrices faciales que producía la viruela, felizmente erradicada del planeta desde 1980. Hemos olvidado las epidemias de peste, de cólera, las frecuentes secuelas de parálisis en niños a consecuencia de la  poliomielitis. No digamos de la difteria y las muertes por asfixia, debido a los exudados membranosos. El olvido es tan generalizado, que a pesar de la catástrofe para la humanidad de la llamada “gripe española” de 1918, que afectó a un tercio de la humanidad y produjo una mortalidad estimada entre 20 y 40 millones de personas, cifra similar a la Primera Guerra Mundial, no se ha visto reflejado ni en la literatura ni en el imaginario colectivo de la sociedad con la misma intensidad.

En mi experiencia profesional, iniciada a finales de 1979, las enfermedades anteriores eran solo un mal recuerdo histórico. En cambio, la que si estaba muy presente era el sarampión, cuyo primer brote en el que tuve que intervenir como médico, fue al inicio de mi ejercicio profesional en Conquista, que afectó a los niños de 4-5 años entre los que se encontraba mi hija. Es difícil describir la angustia, como médico, y no digamos de los padres, ante la postración del pequeño, visiblemente afectado por la enfermedad, con su rojez característica, fiebre elevada, conjuntivitis, tos persistente y lastimera, y lo peor de todo, el miedo a las posibles complicaciones, la temida meningoencefalitis con graves secuelas e incluso la muerte,  sordera, etc. Las horas y los días se hacían eternos. Todo este sufrimiento ha desaparecido, gracias a la vacuna del sarampión, tan denostada por los negacionistas, a consecuencia de su asociación con el autismo en un estudio fraudulento. Posteriormente se administró junto a la parotiditis y rubeola en la llamada “triple vírica” que junto a la “pentavalente” (difteria, tosferina, tétanos, poliomielitis y Haemophilus influenzae tipo b) constituyen el núcleo de la vacunación infantil actual.

El objetivo de este preámbulo, es dejar claro mi defensa de las vacunas como uno de los mejores recursos para protegernos de las enfermedades. Sin embargo, es un error hablar de vacunas en general, pues necesitamos valorar cada una de ellas en función del riesgo/beneficio, de manera que tenemos algunas, como las mencionadas, que se debería poner todo el mundo, otras son cuestionadas (papiloma y gripe) y algunas solo deben usarse en situaciones concretas.

Las vacunas contra las enfermedades víricas, que podemos denominar “clásicas”, se basan en introducir el antígeno del virus en el organismo. El sistema inmunitario reconoce como extraña a esa proteína procedente del agente infeccioso causante de la enfermedad y pone en marcha la producción de anticuerpos para su eliminación.

Para introducir el antígeno se utilizan dos procedimientos, dando lugar a los dos tipos clásicos de vacunas: inactivadas y atenuadas.

Para entender la diferencia, utilizaremos la metafórica definición de virus que hizo el inmunólogo Peter Medawar cuando dijo que: “un virus es una mala noticia envuelta en una proteína”.

-          En las vacunas inactivadas, se elimina el material genético (la mala noticia) y se utiliza la envoltura proteica del virus que es la que provoca la respuesta inmunitaria. Al no disponer del genoma vírico, no puede replicarse y en consecuencia no puede producir la enfermedad. Se conocen popularmente como de virus muertos. Polio tipo Salk y gripe estacional.

-          Las vacunas atenuadas, utilizan el virus completo tras someterlo a un proceso de debilitamiento de su virulencia. Son virus vivos a los que se les ha disminuido su capacidad de replicarse y por tanto de provocar la enfermedad (Polio tipo Sabin, sarampión, etc.).

Cuestiones clave que nos planteamos ante cualquier vacuna, y que resultan relevantes en la actualidad para las utilizadas contra el COVID-19, son:

-       ¿Cuál es el riesgo de infección y cual el de sufrir daños graves o la muerte por la vacuna?

-       ¿Qué posibilidades hay de evitar la infección y cuál es el riesgo de sufrir daños graves o morir?

-       La prevalencia, o frecuencia, de la enfermedad es un factor importante a tener en cuenta para tomar una decisión.

-       Todos los fármacos producen efectos secundarios, y las vacunas no son una excepción. De ahí la importancia de valorar riesgos/beneficios.

Vacunas contra el SARS-CoV-2.

Estas vacunas utilizan una nueva tecnología basada en la ingeniería genética desarrollada a raíz de la epidemia del SARS-1 y el MERS, lo que desmiente la supuesta “hazaña científica”, pues la tecnología estaba ya disponible. A diferencia con las clásicas, en lugar de introducir un germen inactivado o debilitado en el cuerpo humano, las nuevas vacunas entrenan nuestro sistema inmunológico para responder a una “proteína de pico” (proteína Spike) –en sí misma, inofensiva– que forma las protuberancias características que tiene el virus en la superficie, y que utiliza para penetrar en las células del organismo infectado. Se distinguen dos tipos: las de ARNm y las Vectoriales.

Las de “ARN mensajero” (Pfizer y Moderna) consisten en extraer del ARN del virus (1) el trozo donde están los genes (2) que dan las instrucciones para producir las proteínas (spike) que lo envuelven. Este trozo de ARN envuelto en unas nanoparticulas lipídicas (3) es la sustancia que se introduce mediante la vacuna (4), llegando al citoplasma de las células (5) donde activa la producción de la proteína spike que rodea al coronavirus y que al salir de la célula, debido a su capacidad antigénica, es reconocida como extraña por el sistema inmune, que produce anticuerpos para su eliminación (7). Estos anticuerpos son los que, cuando nos expongamos al virus de la enfermedad, lo neutralizaran.

-  La de AstraZeneca-Oxford y Janssen se llaman vectoriales, porque utilizan un adenovirus como vector para introducir la información del coronavirus.

Se extrae el trozo de virus que tiene los genes que producen las proteínas de la envoltura (1) y se insertan en el genoma de un adenovirus (2) al que se le han inutilizado los genes que lo hacen agresivo.

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¡Eficacia del 95 por ciento o cómo engañar sin mentir!

No siempre las cosas son lo que parecen, y el marketing de la industria farmacéutica es experto en practicar la ilusión de que sus productos parezcan más beneficiosos de lo que realmente son.

Pongamos un ejemplo: Recibimos una llamada de un conocido, que suele presumir de tener contactos con personajes de la alta sociedad, y nos dice que nos llama desde la  Moncloa. ¿Qué estaríamos entendiendo?

Supongo, que como la mayoría de los sujetos a los que se les ha realizado este tipo de pruebas, pensaríamos que seguramente habría alguna verdad en sus fanfarronadas y que, por alguna razón, estaría en la Moncloa con alguien relacionado con la presidencia del gobierno.

Sin embargo, la realidad es diferente a lo que hemos supuesto, pues la llamada se realizó desde la acera delante del edificio mencionado.

¿Qué puede haber ocurrido?

1.- Que no hubiese ninguna intención de engañar y solo estuviera intentando informar acerca de su ubicación. Si es así, una vez se percatase del malentendido por nuestra parte, nos sacaría del error.

2.- Otra posibilidad es que, aunque no tuviese la intención de engañarnos, una vez detectada la malinterpretación por nuestra parte, siga manteniéndonos en el error. Sería una forma de engaño.

3.- Y finalmente, puede ocurrir lo que el marketing tiene como objetivo, que es confundirnos para que parezca que su producto tiene más valor del que realmente posee. Nos estaría engañando sin “mentir” al inducirnos hacia una interpretación interesada, pero equivocada, del mensaje.

En esta tarea, el concepto estadístico de “riesgo relativo” adquiere importancia, al ser el dato que se suele utilizar para inducirnos a error en la interpretación que hacemos del mismo.

Veamos que nos dice el laboratorio Pfizer en nota de prensa acerca del estudio sobre su vacuna:

“Polack y col. (31 de diciembre) informan una eficacia de la vacuna del 94,8% contra Covid-19 después de dos dosis de la vacuna de ARN mensajero (ARNm) BNT162b2 (Pfizer – BioNTech)”. 

Este es el mensaje ampliamente difundido por todos los medios: las vacunas contra el coronavirus tienen una “eficacia” del 95%.

Ante esta información, lo que medios y población están “entendiendo”  es que de 100 personas vacunadas 95 estarán protegidas de enfermar o que, en caso de hacerlo, tendrán un 95% de probabilidad de recuperarse sin problemas.

Sin embargo, al igual que lo ocurrido en el ejemplo de la llamada, esa no es la interpretación correcta que tendríamos que hacer de los resultados del estudio, y la empresa farmacéutica no solo lo sabe, sino que potencia el equívoco en su beneficio para la venta, tanto de las acciones que tras este mensaje subieron como la espuma haciendo millonarios a todos los ejecutivos y algunos profesionales implicados en los ensayos clínicos, como del producto.

¿Qué significa realmente el resultado de 95% de eficacia anunciado?

El primer dato que necesitamos conocer para una interpretación correcta es: ¿eficacia con respecto a qué? Podría ser, respecto a enfermar, a transmitir la enfermedad, ingresos hospitalarios, ingresos en UCI o mortalidad. Sin embargo, de todos estos aspectos, lo único que se ha estudiado ha sido la cantidad de “personas afectadas” en el grupo vacunado frente al placebo. El siguiente dato que necesitamos saber es que se ha considerado “persona afectada”.

Los criterios utilizados para considerar a una “persona afectada” de Covid-19 en el estudio fueron:

-       tener uno o dos síntomas leves (fiebre, cefalea, tos, mialgias, etc.) y

-       una prueba PCR positiva.

De acuerdo a esos criterios hubo 170 casos, de los cuales 8 se dieron en el grupo vacunado compuesto por 21.720 voluntarios y 162 entre los 21.728 a los que se les administró el placebo (sustancia con los mismos componentes de la vacuna a excepción del fragmento del ARNm del virus). Ver gráfico para los cálculos.

El resultado de la disminución del “Riesgo Relativo”, nos da 94.66, que se redondea en el  95%.

Comprender los términos riesgo relativo y riesgo absoluto puede ayudarnos a entender mejor el propio riesgo de padecer el Covid.

El “Riesgo Relativo” es el número que te dice que proporción de algo que haces, como ponerte la vacuna, puede cambiar tu riesgo comparado con tu riesgo de no hacerlo. No nos dice a qué cantidad de riesgo o cuanto riesgo estamos asumiendo en uno u otro escenario, pues se trata de una proporción sin saber de qué cifras partimos.

Dado que se trata de un concepto contra intuitivo y difícil de captar, pondré un ejemplo que puede hacerlo más inteligible: “Al entrar en unos almacenes somos obsequiados con un vale descuento del 95% sobre una serie de productos, sin especificar precio de los mismos. De entrada nos parece una buena oferta el que solo tengamos que pagar un 5%. Sin embargo para poder hacer una valoración sobre la importancia que tiene el descuento en nuestro caso, tendríamos que conocer el precio de los productos ofertados y si realmente los necesitamos. No es lo mismo que el precio original sean 100 euros que 100 céntimos y/o que se trate de un producto que nos es útil o que no necesitemos. La proporción del descuento es la misma, pero la importancia para nosotros es diferente si tenemos en cuenta el resto de factores”. Esto es lo que ocurre si solo conocemos el “riesgo relativo”, que intuimos un beneficio mayor del que puede tener.

El Riesgo Relativo suele sobrevalorar los efectos del fármaco evaluado e informa muy poco sobre el efecto real de la vacuna, pues no nos dice si estamos ante los 100 euros o los 100 céntimos, por eso es el dato que pregona la industria. Si queremos saber los beneficios que aporta, necesitamos conocer otros dos parámetros: el Riesgo Absoluto y el Número Necesario de personas a Tratar para evitar un contagio (NNT). Estos datos son los que la comunidad científica reclama a las farmacéuticas para poder valorar los beneficios reales, y que ésta suele escamotear.

En el caso que nos ocupa, aplicando los datos a la fórmula para obtener la disminución del Riesgo Absoluto (ver gráfico) tendríamos: 0.71 %.

Es decir, el beneficio de vacunarse es inferior al 1%.

El riesgo absoluto es el tamaño de tu propio riesgo. La reducción del riesgo absoluto es el número de puntos porcentuales que tu propio riesgo disminuye si haces algo protector, como vacunarte. El grado de reducción del riesgo absoluto depende del valor inicial de tu riesgo y en el caso de la vacuna de Pfizer es del 0,71%.


En el recuadro podemos ver los datos de las vacunas autorizadas en uso de emergencia, con los Riesgos Relativos, los Riesgos Absolutos y los NNT.

El NNT de la vacuna de Pfizer es de 141. Eso significa que se necesita vacunar a 141 para proteger a 1.

Con los datos disponibles de los ensayos, no de la propaganda, lo que sabemos es que las vacunas producen una menor afectación (tener uno o dos síntomas leves y una PCR+)  de alrededor del 1% en los vacunados con respecto a los no vacunados. Aún no sabemos si disminuye la transmisión o la gravedad de la enfermedad. Aunque la “propaganda” lo da por supuesto, aún está pendiente de su comprobación, por lo que resulta ridículo el uso del “pasaporte Covid”. Ignoramos la duración de la inmunidad, así como los posibles efectos secundarios a largo plazo, por razones obvias.

Aunque los organismos de farmacovigilancia estiman que solo se comunican menos del 2% del número real de casos, las reacciones más frecuentes comunicadas son: Fiebre, Dolor en la zona del pinchazo, Mareos, Dolor de cabeza, Dolores musculares o de articulaciones, Diarrea, Vómitos, Malestar, Astenia.

Entre las reacciones más graves tenemos:

  • Anafilaxia, una reacción alérgica grave que se ha presentado, pero que todavía no pueden cuantificarla porque no se han administrado demasiadas dosis y no se podría dar datos fiables.
  • Los casos de tromboembolismo “asociados” a la vacuna AstraZeneca, que han paralizado su uso en algunos países. Sin embargo la Agencia Europea del Medicamento ha informado que el número de casos no es superior al esperado en la población general, por lo que sigue recomendando su uso.

 

Paradojas de la perversidad del negocio de las vacunas.

-       La vacuna rusa Sputnik V, a pesar de haber pasado todos los filtros por parte de las organizaciones científicas rusas, tener mejores datos y haber solicitado su autorización con bastante antelación a las autorizadas sigue pendiente de respuesta por la Agencia Europea del Medicamento.

-       La vacuna de Oxford-AstraZeneca, cuya investigación y desarrollo se ha realizado en la universidad de Oxford apoyada con fondos públicos, pues se pretendía que no fuese patentada y su producción se pudiera realizar libremente por parte de los laboratorios de los países interesados, abaratando costes y facilitando su disponibilidad. Sin embargo la presión del magnate Bill Gates, defensor acérrimo de las patentes y cuya fundación había participado con varios cientos de millones, obligó a que se entregase la patente a la empresa farmacéutica AstraZeneca para su producción y venta.

-       En Finlandia, donde los investigadores de la Universidad de Helsinki disponen de una vacuna desde hace meses, libre de patentes y fácil de administrar por via nasal, lo que podría producir una inmunidad que impidiera el contagio del virus por parte de los vacunados. El gobierno ha optado por la compra de vacunas a  la ‘Big Pharma’, en lugar de proporcionar los 50 millones que se necesitan para desarrollar la fase III. Un despropósito más en esta lamentable historia del negocio de las vacunas.

Estos son los datos (que pueden cambiar en el curso de la fase IV),y suyas las conclusiones, pues cada persona es responsable de su cuerpo y sus decisiones. Abrimos el debate.

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