lunes, 4 de marzo de 2019

El chotis (I)




Julio Anguita
Colectivo Prometeo   

Este baile castizo de Madrid se caracteriza por una cuestión singular. El bailarín gira permanentemente sobre sí mismo mientras que la bailarina gira alrededor de su pareja. Esta seña de identidad ha vulgarizado la idea de que se baila sin salirse de una baldosa.
   Nuestra izquierda, desde la Transición y con breves, esporádicas y hostigadas (interna y externamente) excepciones, no ha hecho otra cosa que bailar un chotis en el que el eje invariante ha sido el PSOE y ella su satélite acompañante. Esta estrategia de la subordinación ha tenido muchas denominaciones a lo largo de los años: Juntos Podemos, La unidad de la Izquierda, La casa común de la izquierda, La izquierda contra el PP, etc. El discurso sustentador de esta posición se basaba en tres ideas centrales. La primera afirmaba que la contradicción política fundamental era entre la izquierda (PSOE incluido en ella) y la derecha (PP). La segunda desarrollaba la consecuencia de la anterior, la izquierda reconocía su carácter de gregaria y subalterna frente al "hermano mayor". Y la tercera dejaba entrever que solamente en cuestiones tácticas, coyunturales y no decisivas, la izquierda podía confrontar con su aliado natural. El objetivo perseguido de esta estrategia no era otro que conseguir que el PSOE "girase hacia la izquierda". En períodos electorales o en momentos de exaltación identitaria, la izquierda afirmaba que ella era el único valladar contra la derecha y contra "las políticas de derechas", una perífrasis eufemística con la que quería referirse al PSOE y que quedaba invalidada cuando la "izquierda mayoritaria" requería el apoyo institucional, consecuente y oficialmente reconocido.

El 15-M, movimiento abigarrado, multiforme, invertebrado y nuevo, no fue otra cosa, en su nacimiento y posterior despliegue, que una protesta contra las políticas, modos de gobierno, escándalos de corrupción y arrumbamiento del modesto Estado de Bienestar español. Era una enmienda a la totalidad contra el régimen del bipartito y su hoja de servicios: OTAN, Europa de Maastricht, Monarquía, Guerras del Golfo, reformas del mercado laboral, y, sobre todo, el desmontaje de la Constitución tanto en las políticas que caracterizan al llamado Estado Social y Democrático de Derecho como en asuntos medulares que desarrollaban el modelo territorial del Estado. La reforma del artículo 135 y el proceso que desembocó en la peculiar aplicación del 155 siguen siendo la expresión más acabada del régimen de la segunda Restauración borbónica que colmó la paciencia ciudadana el 15 de mayo del 2011.
Quedó claro que una fuerza social, así expresada en toda su complejidad, necesitaba, si quería ser alternativa de regeneración, de una traducción política para irrumpir en la política y sus instituciones sin que ello significase la transformación unidimensional del movimiento social y político que estallaba en las calles. La fuerza que emergía desde la rabia, la protesta, la visión económica, política y cultural alternativa, demandaba, en función de su identidad misma, que junto con la traducción política hubiese mecanismos estables de organización, horizontales y verticales, que garantizasen, junto con la participación democrática en decisiones, la más que indispensable unidad de acción para hacerlas posibles y la pluralidad para participarlas y expresarlas.
Parecía, o al menos se esperaba con ilusión renovada, que la izquierda comenzara a construir su propio proyecto. El fulgurante y arrollador avance político, social, mediático e institucional que surgió del seno del 15-M, parecía abrir las perspectivas hacia el proceso constituyente, el cambio económico social, político, ético y cultural que la izquierda no había sido capaz de representar hasta entonces con unidad, coherencia y solvencia.

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