Manuel Cañada
[ Recuperamos, en el aniversario de la muerte de Miguel Hernández este extraordinario y entrañable artículo que nuestro querido amigo Manolo Cañada, compañero de luchas y fatigas publicó en eldiario.es en junio de 2017]
Corrían los días de octubre de 2010. Isidoro Moreno, un veterano compañero de Arroyo de San Serván, militante comunista desde su juventud, había sufrido un derrame cerebral, seguido de pequeñas embolias y su salud se deterioraba a pasos agigantados.
Fuimos a visitarle a su casa y Vale, su mujer, nos contó la asombrosa historia: Isidoro llevaba meses sin hablar, la mirada perdida, fugitivo el ánimo, umbrío por la pena. De repente, una noche, sentados para cenar alrededor de la mesa camilla, Isidoro comenzó a agitarse y a señalar nerviosamente el televisor. Qué te pasa, qué quieres, Isidoro. De sus labios salieron las primeras palabras, tras meses de silencio tenaz: “Es Miguel Hernández, el poeta”, dijo, y su cara se pobló de una enigmática alegría. Desde un rincón secreto de la memoria, el gran poeta de Orihuela le rescataba del mutismo.
Isidoro nació y murió campesino. Pertenecía a “la España joven y jornalera, la del trabajo excesivo y el pan menguado”, que cantara Miguel Hernández. Él había sido un niño yuntero más, un grano de avena estrujado, carne de yugo arando rastrojos.
Por eso quizás, a pesar de que no frecuentaba la literatura, su identificación con aquel poeta resultaba tan sencilla: “Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él (…) Era un escritor salido de la naturaleza, como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba a las ubres, el rumor secreto que nadie ha podido escuchar sino aquel poeta de cabras” (Pablo Neruda).



























