Pepe Aguza
Colectivo Prometeo
La postura demencial de ciertos políticos y gobiernos mundiales (digamos Donald Trump en Estados Unidos o Benjamín Netanyahu en Israel, entre otros) de fortalecimiento de sus ejércitos e industria armamentística frente a la mejora de los servicios públicos y el bienestar social, como el empleo y la inserción sociolaboral, la sanidad, la educación, la vivienda, la protección a la infancia o la dependencia u otros, representan un grave riesgo para el progreso y la paz mundial.
La ambición del Emperador de la Guerra, Donald Trump y su lacayo Netanyahu, no tiene límites en sus deseos de adueñarse invadiendo territorios, robando petróleo y minerales raros o dominar gobiernos secuestrando incluso a sus representantes como fue el caso de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela y su esposa en su propia residencia, al considerar que es el dueño del mundo y de sus gobiernos, imponiendo reglas y condiciones y apropiarse de sus riquezas.
La inadmisible provocación de Estados Unidos de instalar bases militares para defender a Ucrania, en la frontera con Rusia, provocaría una guerra que lleva cuatro años, desde febrero de 2022, provocando miles de muertos y una carrera para el rearme militar.
Paralelamente un año más tarde, en octubre de 2023, tras un ataque de milicias palestina de Hamás contra Israel, que reclaman su territorio ocupado desde 1967 en Gaza, provocaría un conflicto armado que está llevando a un auténtico genocidio de cientos de miles de personas por parte el gobierno israelita y su presidente, siempre con el apoyo armamentístico del amigo americano, que aspira a convertir la zona en un resort turístico de lujo, ignorando las investigaciones de la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad por parte de su presidente Benjamín Netanyahu.
La última atrocidad por arte de ambos países, se produjo el 28 de febrero con el ataque por parte de Estados Unidos e Israel a Irán, recordando la Guerra de Irak, cuando argumentando la falsa información de que poseía armas de destrucción masiva, los presidentes George Bush de Estados Unidos, Tony Blair del Reino Unido y José María Aznar (sin consultar con el Parlamento y que sería fuertemente cuestionado por la sociedad española), acordaron en la Cumbre de las Azores, en marzo de 2003, dar un ultimátum de 24 horas a Sadán Huseín para el desarme de unas armas que no poseía, como más tarde se pudo comprobar, iniciando una guerra sin el respaldo de la ONU y que lo que realmente se pretendía era el derrocamiento del presidente irakí y la apropiación del petróleo de aquel país.
De nuevo la sombra de aquella guerra vuelve a planear en la actualidad, cuando los pendencieros americanos y judíos atacaron Irán, asesinando miles de ciudadanos, incluyendo al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei y decenas de altos jefes, así como cientos de niños, incluida una escuela en que murieron 168 niñas de entre 7 y 12 años, considerándose estos hechos como auténticos crímenes contra la humanidad.
Desde esa fecha los ataques por parte de Estados Unidos e Israel, que sí posee armas nucleares, no han cesado con el pretexto de impedir que Irán pueda conseguir uranio enriquecido para construir armas atómicas y ser una amenaza para los proyectos americanos y judíos en la zona, por lo que han atacado países como Siria o Líbano, donde la muerte y el exilio de la población está causando una auténtica tragedia, a pesar de la férrea defensa iraní que ha atacado con drones y misiles tanto a Israel como a países colaboradores de ambos pueblos como Emiratos Árabes, Arabia Saudí, Qatar, Dubai, Bahréin o Kuwait entre otros, además de bloquear el tráfico marítimo por el Estrecho de Ormuz, lo que está suponiendo una auténtica crisis económica mundial.
Los ataques a bases militares americanas por parte de Irán, son la justificación perfecta para el “demente bailarín de la gorra” de involucrar a la Unión Europea y la OTAN en un conflicto de consecuencias impredecibles, que podrían provocar el inicio de la Tercera Guerra Mundial, consiguiendo que algunos países como Reino Unido, Francia, Italia, Grecia, España o Países Bajos, hayan aceptado enviar buques de escolta, fragatas y aviones a la zona para un reforzamiento militar del Mediterráneo e interceptar posibles ataques, como ya ocurriera en Turquía o Chipre, donde la base británica de Akrotiri fue atacada por un dron, que el propio Ministerio de Defensa del Reino Unido ha confirmando que no fue lanzado desde Irán, sino posiblemente por fuerzas libanesas de Hezbolá.
Esta actuación ya ha supuesto también algunas bajas a las tropas de la OTAN, tanto de pilotos americanos como franceses, incluida la muerte del soldado Arnaud Frion, alcanzado por un dron en la base militar kurda de Mala Qara en la región de Erbil.
La osadía de Donald Trump de intervenir apoyando a Israel en una guerra encubierta que no cuenta con la preceptiva autorización gubernamental, fue otra de las demenciales decisiones con que cada día se levanta “el señor de la guerra”, cuyo único interés es el dominio internacional adueñándose de las riquezas del mundo, la economía del capitalismo americano a través de la industria armamentística y la financiación militar, lo que está suponiendo un importante rechazo en la sociedad norteamericana, hasta el punto de que algunos senadores como el demócrata Tim Kaine pide retirar las tropas de un conflicto innecesario e inútil, una guerra personal sin contar con la conformidad del Congreso, que recuerdan los errores de la guerra de Irak o Afganistán, que supone un derroche económico abrumador y despilfarro de material y recursos militares.
Desde que se creara la OTAN, Estado Unidos no ha dejado de imponer sus limitaciones, ampliando sus bases militares por todo el mundo y en el caso de nuestro país, no dudó en aceptar la Dictadura de un fascista para lograr la implantación de sus cuatro bases en Rota, Morón, Torrejón de Ardoz y Zaragoza, según el Acuerdo de los Pactos de Madrid de 1953, permitiendo la autarquía criminal de Franco sin favorecer un retorno democrático del país, aunque España no ingresara formalmente en la OTAN hasta 1982, siete años después de su muerte, confirmándose su permanencia en 1986, tras la celebración de un referéndum ganado por un estrecho margen, en el que el PSOE que inicialmente se oponía, cambiaría de postura pidiendo su integración, traicionando la voluntad de los españoles que en multitudinarias movilizaciones sociales se mostraba contrarios a la permanencia en la alianza militar, pidiendo “OTAN no. Bases fuera”.
Dicha incorporación supondría la no incorporación a la estructura militar, la prohibición y almacenamiento de material militar americano con armas nucleares en España y la reducción progresiva de la presencia militar de Estados Unidos en nuestro país, condiciones todas ellas incumplidas sistemáticamente.
El desarrollo de implantación de bases militares de la OTAN en el mundo, solo constituye un aumento del militarismo, la beligerancia y un desorbitado gasto económico, que bien podría dedicarse a otros fines sociales no bélicos. Buena muestra de ello, en los últimos años, fue el intento de saturar de bases la frontera ucraniana, suponiendo una constante provocación a Rusia, que terminaría con la invasión de ésta a Ucrania y la consecuente guerra que tanto dolor, muerte y nefastas consecuencias económicas para todo el mundo está suponiendo, a excepción de la industria armamentística americana, única beneficiaria de dicho conflicto armado.
Estados Unidos, un país relativamente joven, de poco más de tres siglos de existencia desde su origen ha permanecido en constante actitud de beligerancia con todo el mundo participando en más de 400 intervenciones y guerras externas desde su fundación en julio de 1776, a excepción de su Guerra Civil en 1861 y el exterminio de las propias tribus autóctonas para anexionarse sus territorios. Sin embargo sus fracasos en el extranjero fueron incuestionables, como sería el caso de la Guerra de Vietnam, Corea, Afganistán o Irak entre otros muchos, que demuestran sus fracasos en política exterior, a pesar de provocar graves situaciones posteriores en algunos de los países afectados.
Estados Unidos, como país exageradamente bélico, tras su participación en la Segunda Guerra Mundial, impulsaría la creación de la OTAN mediante la firma del Tratado del Atlántico Norte en Washington el 4 de abril de 1949, en el que participaron doce países de ambos lados del Atlántico, buscando un escudo de su territorio fuera de sus fronteras frente al comunismo, aunque Rusia intentara incorporarse por primera vez a la organización en marzo de 1954, tras la muerte de Stalin y posteriormente en los años noventa, líderes como Gorvachov y Yeltsin tantearon la posibilidad de incorporarse, aunque sería rechazada por Occidente al considerar que podría suponer un intento de socavar la seguridad de la alianza, un error que bien podría evitar muchos problemas en el viejo continente.
Lejos de mantener la paz y la seguridad, la OTAN ha socavado sistemátimente estos derechos, interviniendo por primera vez en 1995 en la guerra de Bosnia. Posteriormente sin la autorización de las Naciones Unidas, bombardearía Serbia en 1998 y apenas tres años más tarde, en 2001 participaría en las invasiones de Afganistán e Irak en 2003, guerras que lejos de resolver problemas, generarían nuevas y graves crisis territoriales.
La falsedad de sus compromisos son claramente manifiestos al incumplir la mayoría de sus acuerdos ampliando la incorporación de varios países, como ocurriera con Hungría, Polonia y la República Checa el 12 de marzo de 1999, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía el 29 de marzo de 2004, Finlandia, que por el miedo con la invasión rusa de Ucrania, lo haría el 4 de abril de 2023 y por último Suecia, que por la misma causa lo solicitaría en el mismo año, siendo aceptada su incorporación el 7 de marzo de 2024, lo que supone el final de siglos de no alineamiento en estructuras militares.
El objetivo real de la OTAN es la riqueza a través de la industria militar y su economía, que precisa permanentes conflictos bélicos para obtener beneficios y mantener la seguridad armada, para lo que en su última reunión de La Haya, en junio de 2025, decidió imponer a cada uno de los países miembros la brutal carga de hasta el 5 % del PIB anual para gasto militar.
En 2023 los países miembro de la Alianza Atlántica gastaron 1´34 billones de dólares, el 55 % del gasto total militar mundial, mientras que a la Ayuda Oficial al Desarrollo, los países donantes únicamente dedicaron 223.300 millones, el 0´37 % de la renta nacional bruta, muy lejos de su compromiso de destinar el 0´7 % del PIB.
La aportación europea al gasto militar en 2024, supuso 326.000 millones de euros, lo que equivale al 1´9 % de su PIB, mientras que su actual pretensión del 5 % representaría la desorbitada cifra de 900.000 millones de euros anuales, a lo que España se opone, mientras que las decisiones politico-militares de la OTAN, lejos del Consejo del Atlántico Norte de Bruselas, las tome la desequilibrada cabeza de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos.
Esta desorbitada cifra debería ser invertida en políticas económicas, sociales y medioambientales y de progreso, de seguridad colectiva y humana, al desarrollo científico y de derechos humanos.
Europa debería plantearse definitivamente el distanciamiento militar con los Estados Unidos y crear su propio ejército europeo, como forma de auténtica unidad territorial y defensiva del continente, sin depender de agentes externos ni involucrarse en conflictos ajenos, lo que por otra parte supondría un importantísimo ahorro económico en defensa que podría destinarse a otros fines de progreso como la sanidad, la educación, la investigación, los servicios sociales, la vivienda, el trabajo y tantos otros de legítima necesidad humana.
A principios de año, el 22 de enero, Izquierda Unida presentó en el Congreso de los Diputados una propuesta de denuncia del Tratado del Atlántico Norte y los acuerdos con los Estados Unidos sobre sus bases militares de Rota, Morón y los Centros de Mando de Torrejón de Ardoz y Bétera, con el propósito de iniciar un debate futuro que lleve al abandono de la OTAN y el empleo de dichos enclaves bélicos estratégicos americanos que solo suponen un riesgo para la paz y la neutralidad, algo que Europa debería plantearse si realmente quiere evitar en al futuro una confrontación mundial, alejándose del dominio y control americano.

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