Fuente: El Salto Diario
Julen Bollain
Tinixara Guanche
Este viernes se ha aprobado en el Consejo de Ministros el tantas veces anunciado ingreso mínimo vital. Una medida que parece que conocemos de toda la vida y que lleva ya meses provocando un ir y venir de noticias. Información que ha generado, dicho sea de paso, una serie de falsas expectativas en mucha gente que, a la hora de la verdad, verá que no puede acceder y simplemente no entenderá el por qué de tanto bombo.
Porque la verdad es que durante estos meses el presupuesto inicial del ingreso mínimo vital se ha reducido de unos 5.000 millones de euros a 3.000, el número de familias beneficiarias, de alrededor de 1.000.000 a 850.000 e incluso, hemos pasado de escuchar que esta prestación no iba a estar supeditada a la búsqueda activa de empleo, a leer al ministro Escrivá diciendo que “para cobrar el ingreso mínimo vital será obligatorio buscar trabajo”.
Y entre dimes y diretes, finalmente, ha llegado el día de su aprobación. Ha tardado, y mucho. Y en nuestra opinión, lamentablemente, esperábamos más. Porque no sólo ha defraudado las expectativas a muchas de las personas que golpeadas por la desigualdad estructural o por la pandemia que se las ven y se las desean para poder cubrir sus necesidades, sino que además defrauda una apuesta real y decidida por la redistribución de la riqueza. Ha abandonado, a cambio de las recetas de siempre, el camino que lleva a ampliar miradas y a ensanchar políticas que den una respuesta estructural a los retos del siglo XXI.
La derecha acudirá feroz a gritar contra la paguita, y nosotras sentiremos el peso de la tristeza y la decepción. Porque, al final, queriendo acallar a unas y contentar a otras, se ha quedado en tierra de nadie.
Porque la verdad es que durante estos meses el presupuesto inicial del ingreso mínimo vital se ha reducido de unos 5.000 millones de euros a 3.000, el número de familias beneficiarias, de alrededor de 1.000.000 a 850.000 e incluso, hemos pasado de escuchar que esta prestación no iba a estar supeditada a la búsqueda activa de empleo, a leer al ministro Escrivá diciendo que “para cobrar el ingreso mínimo vital será obligatorio buscar trabajo”.
Y entre dimes y diretes, finalmente, ha llegado el día de su aprobación. Ha tardado, y mucho. Y en nuestra opinión, lamentablemente, esperábamos más. Porque no sólo ha defraudado las expectativas a muchas de las personas que golpeadas por la desigualdad estructural o por la pandemia que se las ven y se las desean para poder cubrir sus necesidades, sino que además defrauda una apuesta real y decidida por la redistribución de la riqueza. Ha abandonado, a cambio de las recetas de siempre, el camino que lleva a ampliar miradas y a ensanchar políticas que den una respuesta estructural a los retos del siglo XXI.
La derecha acudirá feroz a gritar contra la paguita, y nosotras sentiremos el peso de la tristeza y la decepción. Porque, al final, queriendo acallar a unas y contentar a otras, se ha quedado en tierra de nadie.


