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domingo, 22 de febrero de 2026

El Cerebro en el Amor (I)




Antonio Pintor
Colectivo Prometeo
Médico

 
                 Hablemos de Amor


“El amor es una necesidad, un antojo, un impulso para buscar el mayor premio de la vida”
Helen Fisher, antropóloga biológica


Para hablar del amor, no nos apoyaremos en Raphael y su eurovisiva canción del año 67, sino que seguiremos a la antropóloga Helen Fisher, que ha dedicado su vida profesional al estudio de la ciencia del amor.

Empecemos, pues, por el principio, ¿Qué es amar?

El premio nobel G. Bernard Shaw dijo: “El amor consiste en sobreestimar las diferencias entre una mujer y otra”. Con esta definición estaba señalando una de las características del amor, consistente en que la persona objeto de este adquiere un significado especial.

El escritor y diplomático Geoffrey Chaucer dijo: “El amor es ciego”, expresión que recoge el predominio de la emoción sobre la razón.

Ambos autores se están refiriendo al denominado, y denostado por el feminismo, “Amor romántico”.

Antes de entrar en detalles sobre el mismo veamos lo que nos cuenta Helen Fisher de los diferentes sistemas cerebrales relacionados con el amor y que han evolucionado a partir del apareamiento y la reproducción.

Son tres los sistemas cerebrales descritos, íntimamente relacionados y cada uno de ellos activado por hormonas específicas:

1.- El primero es el que subyace y desencadena “el impulso sexual”, que consiste en el deseo de gratificación sexual, y que el escritor W.H. Auden describió de manera gráfica, como “una comezón mental insoportable”.

Esta frase me recuerda un dicho acerca de un alcalde comunista de un pueblo, cuyo nombre omito, famoso en toda la provincia por lo “brutos que eran sus habitantes”. Fue invitado junto a su esposa a visitar la Unión Soviética y entre los actos del protocolo de acogida estaba la asistencia a un concierto. Entre el sonido de violines, pianos y otros instrumentos musicales se introdujo un ruido ajeno provocado por el intenso rascado en la cabeza por parte de la esposa del alcalde. Éste la recriminó advirtiéndole que estaba “dando la nota” al atraer la atención de los espectadores con ese rascado compulsivo. A lo que ella le contestó: “Si me rascara donde realmente me pica, entonces sí que llamaría la atención”.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Amor y Revolución

 

Stepánova y Ródchenko;artistas y amantes revolucionarios

Manolo Monereo
Para el Partido Comunista de España en su centenario



    Siempre ha estado ahí y nos acompañó desde el principio, casi nunca hablábamos de ello; nos daba vergüenza. Me estoy refiriendo al amor, al amor revolucionario que fundamentó nuestro compromiso político. Militar, organizarse, luchar en condiciones de clandestinidad era una tarea difícil y a contracorriente. Estábamos en peligro, teníamos miedo y nunca dejamos de combatir. Amor sin sentimentalismos. Más o menos.

Recuerdo uno de nuestros interminables debates sobre el status científico de la obra de Marx. El pobre Althusser siempre estaba por medio. El marxismo era una ciencia y esa era su fuerza. A partir de ahí, disquisiciones varias y el esfuerzo de cada día contra el franquismo, por conquistar las libertades y por traer un nuevo régimen que hiciera más viable el proyecto socialista. Marxismo ¿solo ciencia? Había mucho más pero nunca hablábamos de ello.

Los protagonistas no éramos los estudiantes, los universitarios ni nuestros doctos profesores de los varios marxismos existentes. Los verdaderos protagonistas eran los trabajadores, los campesinos, los jornaleros. El Partido Comunista nunca desapareció de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, de nuestras fábricas. Unas veces difuso, otras organizado y, más allá, como comunidad de memoria y acción. Pasar por comisaría, caer en manos de la brigadilla de la Guardia Civil o de la Brigada Político-Social era algo muy duro pero que enseñaba mucho. Te medía en tu compromiso con unos ideales que te habían llevado a organizarte y ser parte de un proyecto colectivo. Cuidado, se nos enseñó a militar, es decir, a evitar las detenciones sin dejar de luchar. Era común en aquella época —sobre todo por los escasos socialistas que conocíamos— decir que los comunistas sacrificaban a sus militantes y lo que realmente había que hacer era esperar a que las contradicciones internas del régimen lo llevaran a su crisis definitiva. La clave eran las potencias democráticas que nos ayudarían a una transición ordenada y pacífica. ¿Para qué comprometerse?