Alfonso Bejarano
Colectivo Prometeo
Estamos en plena temporada de recolección en Andalucía. Muchas localidades del interior se llenan de temporeros que aparecen y desaparecen para asumir las tareas que en otra época pertenecían a los jornaleros andaluces. Son los nuevos protagonistas de una historia antigua: inmigrantes que deambulan solitarios o en pequeños grupos por plazas y calles, vistiendo ropa vieja sin apenas mezclarse con la población autóctona.
Me gusta observarles mientras otros les retiran la mirada y les invisibilizan, cuando no se les trata como meras herramientas. En estos días de invierno, al ver sus abrigos y sus zapatos (a menudo los mismos) me pregunto cómo se las apañan cuando la lluvia los empapa en el tajo. En el supermercado, cuando coincido con ellos observo sus carros: llevan lo justo para alimentarse y ser útiles al día siguiente, en el trabajo entre olivos. Uno reflexiona y me trae el recuerdo de los esclavos forzados de las Minas de Almadén, mi pueblo, que recibían dos libras de pan y una de carne sólo para garantizar que pudieran seguir picando cinabrio la jornada siguiente.
Trabajan de sol a sol por un jornal escaso; cuando llueve no cobran, y este invierno está siendo especialmente generoso en precipitaciones. Aportan una mano de obra barata en la que su plusvalía va al propietario y a la economía local. Lo que existía en los siglos XIX y XX no ha desaparecido; simplemente se ha adaptado a las relaciones de producción capitalistas actuales.
