Ser buena
Una de las causas de la barbarie en todo el mundo
Chana (Jana) Basha Helfand
Traducido por Laurent Cohen Medina
Ser humana no es fácil. Tanto si crees en la reencarnación como si no, tanto si crees que llegamos aquí como un lienzo en blanco o bendecidos o cargados con el karma de vidas pasadas, una sola vida en la Madre Tierra es suficiente para llenarte de tus propios traumas individuales y de aquellos que heredas de la familia, las identidades, el tiempo y el lugar en los que naces. Todo el mundo tiene sus luchas.
Hace años, mi madre me contó esta historia:
Un día, todos los seres humanos se reunieron para presentar una queja colectiva contra Dios.
«¡Esta persona tiene una vida mejor que la mía!», «¡Aquella persona tiene una vida mejor que la mía!», «¡No es justo!».
Dios estaba harto de sus quejas y finalmente dijo: «¡Basta! Sentaos, contad los unos a los otros las historias reales de vuestras vidas y luego intercambiad vuestras vidas con quien queráis».
Así que todas las personas del mundo se sentaron en un círculo gigante. Se quitaron las máscaras. Contaron las historias reales de sus vidas: no lo que se veía por fuera, sino lo que realmente habían vivido, experimentado y sentido. Y después de que la última persona contó su historia, todos estuvieron de acuerdo: «Me quedaré con la vida que tengo».
Esta historia me gusta y me disgusta a la vez. Me gusta porque me recuerda que lo que veo de la vida de una persona por fuera no corresponde a cómo es realmente su vida y, como dicen estas dos citas: «Todas las personas con las que te cruzas están librando una batalla de la que no sabes nada. Sé amable. Siempre», y «Si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos, encontraríamos en la vida de cada persona suficiente dolor y sufrimiento como para desarmar toda hostilidad».
Al mismo tiempo, no me gusta la historia porque, en este mundo plagado de injusticias, parece dar a entender que todo sufrimiento es igual. Que todas las tragedias son iguales. Y, al igual que la etiqueta general «trauma», no reconoce las verdaderas raíces de muchos problemas. El dolor abismal porque la persona que más quieres muere de muerte natural en la vejez es diferente del dolor abismal porque nueve de tus diez hijos han sido asesinados en un genocidio.
Creo que uno de los mayores obstáculos para reconocer y afrontar no solo el sufrimiento que hemos sentido, sino también el que hemos causado, de forma consciente o inadvertida, es la identidad. Y una de las identidades más peligrosas que existen es la de «bueno».
«Buena» es una de las cosas que más he querido ser durante años. Una buena hija, nieta y hermana. Una buena amiga para los demás. (Me llevó muchos años siquiera considerar ser una buena amiga de mí misma). Una buena estudiante. Más tarde, una buena profesora. Una buena escritora. Mi necesidad de esta identidad era tal que no fui capaz de reconocer y asumir la responsabilidad por el daño que había causado a otras personas, por inadvertido que fuera, hasta bien entrada la edad adulta, porque la imagen de mi misma no podía soportar el hecho de que hubiera hecho algo malo... de que no fuera «buena».
Ser buena también significaba algo más para mí: significaba ser una buena judía. Cuando era más joven, esto implicaba seguir todas las leyes de mi religión, aspirar a ser rabina, estudiar intensamente el Holocausto, tomarme en serio la promesa de «nunca más» y amar incondicionalmente al Estado de Israel.
La primera vez que escuché una palabra en contra de Israel, tenía 18 años. La crítica vino de mi profesor judío iraquí de hebreo, que habló del racismo que había sufrido cuando se mudó a Israel y del racismo que sufrían los palestinos. Durante esa clase escuché por primera vez en mi vida las palabras «Palestina» o «palestino». Pero, como «buena judía» que era, me preocupaba mucho más aprender sobre el judaísmo que sobre Palestina. Seguí preocupándome por «mi pueblo». Seguí amando «mi patria». Cuando una amiga me contó sus experiencias en Israel y me dijo que no era el paraíso que nos habían enseñado en la escuela hebrea, no le hice caso. Pero tampoco hice caso a mis propias experiencias en Israel cuando lo visité por primera vez a los 16 años. No me sentía en casa. Pero seguía diciéndome a mí misma: «Estás en casa. Y algún día volverás a vivir aquí, como una buena judía».
A los 32 años, volví. Y en el tiempo transcurrido entre los 16 y los 32 años, seguí siendo buena. Era una buena estudiante universitaria, ignorando todos los pensamientos suicidas que me decían, simplemente: «Este lugar y esta presión no son para ti», y saqué sobresalientes, que me otorgaron mis buenos profesores, que me calificaban por mi adquisición de «conocimientos», porque eso era lo que exigía el sistema. Era una buena paciente mental, aceptaba los diagnósticos y tomaba las pastillas que nunca quise tomar, las que mis buenos psicólogos y buenos psiquiatras insistían en que eran necesarias para curar mi «enfermedad crónica» de «la depresión». Era una buena empleada, respondía al acoso sexual con silencio.
Luego, en 2009, a los 32 años, como buena judía que era, hice los preparativos para instalarme en Israel. Planeaba trabajar como voluntaria en un refugio para mujeres y niños maltratadas durante un mes, luego seguir un curso intensivo de hebreo y quedarme para siempre. Había dedicado mucho tiempo a buscar un refugio que estuviera abierto a todo el mundo, israelíes y palestinas (de los que en ese momento sabía un poco, muy poco), porque era buena y no quería discriminar a nadie.
Entonces, al segundo día, mi alojamiento se canceló y llegué al refugio tal y como era: no una voluntaria, sino una mujer que buscaba refugio de las tormentas del mundo y de las tormentas que había dentro de ella. Cuando le expliqué mi falta de alojamiento a la primera empleada que conocí, una israelí, me dijo: «Javal», «Qué pena». Y se marchó. Cuando le expliqué mi situación a la segunda empleada que conocí, una mujer palestina llamada Wafa, llamó a su hermano, que me ofreció un piso que tenía alquilado.
Y entonces llegó el dilema, porque yo quería ser buena, una buena judía. Quería la ayuda de «mi pueblo». Así que rechacé la oferta de Wafa.
Tres días después, al no haber recibido ninguna ayuda, volví a ver a Wafa llorando, pidiéndole ayuda y perdón, y sin un atisbo de reproche en la mirada o en sus palabras, llamó a su hermano, que volvió a ofrecerme el piso. Esa noche me mudé y cené con una de las sobrinas de Wafa. El fin de semana siguiente fui al pueblo de Wafa y conocí a su familia y a sus amigos. Por primera vez en mi vida, escuché a los palestinos hablar de sus vidas, en su tierra, en su hogar. Por primera vez en mi vida, estaba dispuesta a escuchar de verdad «la otra versión» de la historia. Y la Historia con mayúscula, la que había escuchado toda mi vida, de los judíos buenos perseguidos por los palestinos malos, se derrumbó de forma espectacular.
Al final del mes me fui de Israel, jurando que nunca volvería a pisar esa tierra hasta que fuera devuelta a los palestinos y yo solo estuviera allí de visita. Me mudé con una comunidad sufí en las montañas de España. Me quedé dos semanas, antes de regresar a Estados Unidos, donde rápidamente sufrí una crisis nerviosa. Luego, poco a poco, comencé a informarme sobre Palestina, sobre el origen del «conflicto», que no era religioso sino colonial, sobre la barbarie y la injusticia sobre las que se creó y se mantiene el Estado de Israel. Hablé con gente en particular sobre Palestina e Israel, pero nunca escribí ni hablé públicamente sobre ello hasta que comenzó el genocidio en curso en Gaza. Y pueden estar seguros de que, entre las muchas razones por las que guardé silencio, estaba que una pequeña parte de mí todavía quería ser la buena judía, que no se pronunciaba públicamente contra «su pueblo», aunque hacía mucho tiempo que había dejado de practicar mi religión y de formar parte de una comunidad judía.
Pero, ¿quién es mi pueblo, en realidad, sino la raza humana? ¿Y qué significa no ser una buena judía o una buena estadounidense, sino ser un buen ser humano? ¿Ser una buena ciudadana del mundo? ¿Ser amiga de mis hermanos humanos en Gaza mientras se mueren de hambre, mientras son masacrados, mientras viven la peor barbarie imaginable, mientras se les llama terroristas simplemente por querer vivir con dignidad, paz y amor en su propia tierra?
¿Qué significa ser amiga de mis hermanos humanos que son tan ignorantes sobre Palestina como yo lo era antes, y tratar de mostrarles la verdad, una verdad que, durante años, yo tampoco pude soportar escuchar? ¿Qué significa ser amiga de mis hermanos humanos que se han convertido en los nazis que temían, y ni siquiera pueden verlo? ¿Qué significa ser amiga de mis hermanas más-que-humanos: las hormigas, las montañas y los antepasados? No se trata de preguntas retóricas. Me refiero sinceramente a nuestra responsabilidad como seres vivos hacia la vida misma y todo lo que habita este universo; nuestra responsabilidad va mucho más allá del pequeño círculo de seres por los que se nos han enseñado a preocuparnos.
¿Qué significa simplemente ser humano? Olvidemos por un momento lo de ser un buen humano, ¿pero simplemente humano?
Una antigua profesora de español mía había enseñado en una cárcel en Chile. Algunos de sus alumnos eran exsoldados que habían torturado y violado a estudiantes bajo el régimen de Pinochet. Ninguno de esos exsoldados creía haber hecho nada malo. Todos le decían: «Solo seguía órdenes. Solo hacía mi trabajo. Solo era un buen soldado».
Hace varios meses, una mujer que conocí durante un viaje me contó algo que me aterrorizó profundamente. Era una madre soltera que había tomado decisiones poco convencionales en su vida y en la crianza de su hijo, y había recibido muchas críticas por ello. Me dijo: «Cuando te preguntas: «¿Qué habría hecho yo en su lugar?», debes saber que la respuesta es: habrías hecho exactamente lo mismo que ellos, porque habrías tenido su educación, sus creencias, sus decisiones, sus experiencias y sus traumas».
¿Es esto lo que significa ser humano? ¿Que nuestras decisiones son fruto del azar? ¿Que la disonancia cognitiva puede llevar a cualquiera a matar y violar? ¿O a cerrar los ojos y mirar hacia otro lado mientras alguien lo hace?
Empecé este ensayo con una historia y me gustaría terminarlo con otra.
Al comienzo del genocidio en Gaza, leí un ensayo en el sitio web We Are Not Numbers sobre una joven llamada Tala que había perdido todos sus libros en el genocidio, entre otras innumerables pérdidas. Sus palabras me conmovieron profundamente y deseaba que algún día nuestros caminos se cruzaran para poder compartir mis libros con ella. Varios meses después, cuando me ofrecí como voluntaria en We Are Not Numbers, Tala fue la «aprendiz» que me asignaron. («Aprendiz» entre comillas porque ella es y siempre será una de mis mayores mentoras). No le había dicho nada a We Are Not Numbers sobre su artículo. Fue casualidad, o el destino, o simplemente un regalo del cielo que nos emparejaran. Desde entonces se ha convertido en mi «hija adoptiva» y fue la primera de las estudiantes de Gaza a las que ahora tengo el privilegio de conocer y querer.
Ya no sé lo que significa ser una «buena judía». Pero sé lo que significa pasar noches en vilo preocupándome para saber si las personas que quiero vivirán al día siguiente o si serán asesinadas en un genocidio; sentir una impotencia desgarradora porque no puedo detener la barbarie. Sé lo que es ver a alguien querido luchar contra la misma angustia suicida que me ha atormentado durante mucho tiempo, aunque las causas fundamentales sean muy diferentes. Sé lo que es vivir en un barrio con gente que apoya este genocidio, o que no es consciente de él, o que no le afecta: para algunos, la vida cotidiana sigue igual, mientras otros son quemados, bombardeados, destrozados y muertos de hambre. Sé lo que es ver a las personas que me adoctrinaron con el «nunca más» susurrar «solo para nosotros».
Nota: Tras casi dos años y medio de genocidio, me resisto a escribir nada más desde una «perspectiva judía», ya que creo que todas las publicaciones de este planeta deberían estar repletas de las voces de los habitantes de Gaza y otros palestinos. Sin embargo, una publicación me pidió que escribiera un artículo sobre la empatía, sobre mi transformación de judía religiosa que soñaba con convertirse en rabina y establecerse en Israel a mujer judía antisionista que lucha por Palestina y trabaja con escritores en Gaza. Una vez terminado el ensayo, la publicación me dijo que no podía publicarlo porque esas críticas a Israel supondrían el fin de la publicación. Tras casi dos años y medio de genocidio, ¿se puede cambiar realmente la opinión de alguien? O te opones a la matanza masiva de palestinos o la apoyas. No hay otra opción. ¿Qué pueden hacer las palabras a estas alturas? Pero la escritora que hay en mí, y el ser humano que hay en mí, sigue creyendo que incluso los monstruos pueden dejar de serlo. Para leer relatos de primera mano de palestinos que han sufrido durante sus vidas enteras la barbarie del Estado de Israel, puedes empezar aquí: " We are not numbers"

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