Manuel Marrero Morales
Colectivo Prometeo
Hay recuerdos que el tiempo desgasta y otros que permanecen intactos. El eclipse total de Sol del viernes 2 de octubre de 1959 pertenece a estos últimos. Han transcurrido más de seis décadas y aún puedo revivir aquel instante en que el mediodía se convirtió, de repente, en noche sobre los callaos de Tabaibarril.
Yo estaba a quince días de cumplir diez años. Éramos alrededor de una veintena de personas, entre niños y adultos, reunidos junto al mar. Los mayores habían ahumado cristales con velas para que pudiéramos mirar al Sol sin dañarnos la vista mientras nos explicaban aquel extraño fenómeno que ninguno de nosotros olvidaría jamás.
La Luna comenzó a cubrir lentamente el disco solar. Poco a poco la claridad fue desapareciendo hasta que el cielo se oscureció de forma repentina. Nadie habló. Un silencio profundo se apoderó de todos nosotros. Solo se escuchaban los ladridos inquietos de los perros y el alboroto de las gallinas, que buscaban refugio bajo los barcos varados como si hubiera llegado la noche antes de tiempo. Aquella reacción de los animales impresionó tanto como el propio eclipse.
Yo procuraba apartar la vista del Sol todo lo posible. Había leído en una revista Selecciones del Reader's Digest que varias personas en México habían perdido la visión por observar un eclipse sin protección. Aquella advertencia permanecía grabada en mi cabeza mientras contemplaba uno de los espectáculos más extraordinarios de mi infancia.
Pero el eclipse fue mucho más que un fenómeno astronómico. Hoy comprendo que también iluminó, quizá sin saberlo, un mundo que ya ha desaparecido.
El Tabaibarril de finales de los años
cincuenta era un pequeño núcleo de pescadores donde las casas eran terreras y la vida transcurría al ritmo del mar. Los barcos de vela blanca permanecían varados sobre los callaos; las mujeres remendaban las redes o preparaban el chinchorro mientras los hombres salían a faenar, y los niños crecíamos prácticamente ensalitrados, entre mareas, charcos y playas.
cincuenta era un pequeño núcleo de pescadores donde las casas eran terreras y la vida transcurría al ritmo del mar. Los barcos de vela blanca permanecían varados sobre los callaos; las mujeres remendaban las redes o preparaban el chinchorro mientras los hombres salían a faenar, y los niños crecíamos prácticamente ensalitrados, entre mareas, charcos y playas.
No existía agua corriente. Cada día acarreábamos el agua desde un pequeño charco de fondo arenoso situado junto al barranquillo. Aquella agua salobre servía para todas las tareas domésticas. Después llegaba el primer baño del día, siempre antes de que los mayores nos prohibieran volver al mar durante la digestión, una norma que casi nunca respetábamos.
La vida estaba marcada por el paisaje. Existían grandes maretas donde incluso podía navegarse con una chalana; La Laja protegía naturalmente los barcos del oleaje; los tarajales bordeaban la costa y las playas conservaban una riqueza que hoy cuesta imaginar. Décadas después, muchas de aquellas señas de identidad desaparecerían bajo las obras portuarias, los rellenos y las transformaciones del litoral.
También recuerdo a las familias que daban vida al pueblo. Los pescadores conocían cada piedra del fondo marino; las mujeres cosían las velas y las redes con la misma paciencia con que sostenían la economía familiar; durante la zafra del tomate completaban unos ingresos siempre modestos. Aquella era una comunidad donde todos se conocían y donde compartir una cazuela de mero o repartir cubos de sardinas recién pescadas formaba parte de la normalidad.
Los veranos parecían interminables. Bajábamos desde El Río a principios del verano y no regresábamos hasta después de San Miguel, con las clases ya comenzadas. La mudanza se hacía sobre camellos y durante aquellos meses vivíamos entre el rumor constante de las olas, las conversaciones de los mayores y las historias que contaban quienes habían emigrado a Cuba o habían conocido otros mundos.
No todos los recuerdos son luminosos. En uno de aquellos veranos quedó grabado en mi memoria otro episodio que conmocionó a todo el pueblo. Tomás, un magnífico nadador, desapareció mientras cogía lapas cerca de Cueva Honda. Durante días, vecinos y Guardia Civil recorrieron la costa buscándolo sin éxito. Una mañana, sentado en la playa, vi a su tío Martín, agitando una camisa blanca desde la Baja de Los Surcos. Corrí a avisar a seña Aurora. «¡Tomás apareció!», gritó. Todo el pueblo salió corriendo. Era el primer cadáver que veía en mi vida. Nunca he olvidado aquella escena.
Con el paso de los años, el eclipse y aquel hallazgo terminaron fundiéndose en mi memoria como dos símbolos de una misma época: la capacidad de la naturaleza para maravillarnos y, al mismo tiempo, recordarnos nuestra fragilidad.
Sin embargo, cuando pienso en Tabaibarril, prefiero quedarme con la felicidad de aquellos veranos. Allí aprendí el valor de la comunidad, del esfuerzo y de la solidaridad. Ayudaba a mi madre a recoger tomates cuando no había escuela o iba al canal donde mi padre trabajaba y comprendí muy pronto que estudiar era la única manera de escapar de la dura realidad económica que vivían muchas familias de Arico. Nunca he olvidado aquella enseñanza ni los orígenes de los que procedo. Uno puede abandonar un paisaje, lo que nunca abandona es el paisaje que lo construyó por dentro.
Quizá por eso el eclipse de 1959 continúa tan vivo en mi memoria. No fue únicamente el día en que el Sol desapareció durante unos minutos. Fue el instante que quedó suspendido sobre un Tabaibarril que ya no existe, pero que sigue brillando con toda su intensidad en el recuerdo de quienes tuvimos la fortuna de vivirlo.




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