domingo, 18 de octubre de 2026

La unidad no se proclama: se construye






Manuel Marrero Morales
Colectivo Prometeo 
Ex Portavoz Sí Podemos en el Parlamento Canario

En política, los fracasos deberían servir para aprender. En Canarias tuvimos una experiencia dolorosa en las elecciones de 2023. La aparición de Drago, que obtuvo únicamente dos concejales en La Laguna, y el descalabro de Sí Podemos Canarias —la
confluencia de Izquierda Unida Canaria, Sí se Puede, Podemos y Equo— nos dejaron al
borde de la irrelevancia institucional. 
Pasamos de más de 150 cargos electos a menos de una docena de concejales en el conjunto del archipiélago.
   Aquello nos enseñó que la fragmentación de las fuerzas transformadoras no beneficia a quienes aspiran a cambiar las cosas, sino a quienes desean que nada cambie. También que la unidad no se consigue con declaraciones solemnes, operaciones de imagen ni liderazgos mediáticos.
    Se construye con voluntad política, trabajo compartido y confianza mutua.

Nuestra experiencia tampoco ha estado exenta de dificultades.El ejemplo más palpable es el de Alberto Rodríguez, antiguo militante de Izquierda Unida Canaria y de Comisiones Obreras, después dirigente de Podemos y finalmente impulsor de Drago,que recibía y sigue recibiendo una considerable e interesada atención mediática, a la vez que se ha mantenido en hacer imposible el avanzar en espacios compartidos con quienes defendemos la confluencia.

Sus críticas y sus reproches hacia otras organizaciones de la izquierda mantenidas en el tiempo, contrastan con una inexistente confrontación pública con Coalición Canaria o el Partido Popular. 
En este proceso, las diferencias personales y políticas han terminado pesando más que la necesidad de construir una alternativa común. Allá cada cual con sus responsabilidades.

Pero los milagros no existen. La unidad en Canarias bajo las siglas de la UPC es consecuencia del trabajo realizado, de la voluntad de encontrarse y de la capacidad de decidir autónomamente, sin tutelas centralistas ni subordinaciones a intereses ajenos a cada territorio. 
Y claro que estamos muy contentos con este proceso y con este resultado unitario para presentarnos con solvencia y responsabilidad ante la ciudadanía de las islas.

En La Laguna hemos comprobado que otro camino es posible. La revitalización de la Asamblea Ciudadana Lagunera ha permitido recuperar un espacio de encuentro y decisión compartida entre los distintos grupos de la confluencia. No ha sido una fórmula mágica, sino un proceso cotidiano, con dificultades, discrepancias y avances. 
Hemos aprendido que el roce hace el cariño y que muchas desconfianzas se superan cuando las personas dejan de mirarse de reojo y empiezan a trabajar juntas.

La clave está en hacerlo de forma horizontal y participativa, en condiciones de igualdad,
 sin pretensiones hegemónicas, dogmatismos ni aspirantes a convertirse en faros de Alejandría que señalen al resto el único camino posible. 
Las diferencias no desaparecen por decreto, pero pueden abordarse desde la confianza, el respeto y la búsqueda de objetivos compartidos.
Esta experiencia me lleva a plantear una reflexión, desde la observación externa, a quienes trabajan por una alternativa transformadora en Andalucía y en otros lugares del Estado.

¿Por qué no propiciar un encuentro entre Adelante Andalucía, Izquierda Unida, Podemos, Equo y las demás organizaciones y personas dispuestas a contribuir a un proyecto común?

No todo termina el 29-N con las elecciones generales. El camino es largo, y hay que plantearse objetivos a medio y largo plazo. El cortoplacisno nos lleva a espectáculos deprimentes y actos de piratería, como ha ocurrido en estos últimos días.
No se trataría de empezar negociando candidaturas, repartiendo puestos ni sometiendo las diferencias a una votación prematura. Se trataría de abrir espacios plurales de encuentro, debatir sobre los problemas reales de la sociedad andaluza o de cualquier otro lugar donde no se ha producido la demandada unidad de la izquierda, compartir propuestas y promover acciones conjuntas. Escuchar desde el respeto incluso aquello con lo que no estamos de acuerdo, recoger las aportaciones y propiciar que las coincidencias se abran paso mediante la práctica compartida.

Y, sobre todo, mantener la constancia. No abandonar las mesas de diálogo por un desacuerdo, una declaración desafortunada o un enfado circunstancial. La confianza no se exige: se gana. Y la unidad no puede depender de que una organización renuncie a su identidad para aceptar la hegemonía de otra.
En tiempos de reproches, heridas abiertas y ajustes de cuentas, quizá convenga detenerse y preguntarse qué queremos construir y para quién. La gente que necesita una alternativa política a la izquierda, que lo represente y que defienda sus intereses de clase, no tiene por qué pagar el precio de nuestras divisiones.

No pretendo ofrecer recetas infalibles. Comparto una experiencia que, con sus limitaciones, nos ha enseñado algo elemental: antes de pedir unidad, hay que crear las condiciones para que sea posible. Y eso exige generosidad, paciencia, respeto y mucho trabajo en común.

Porque la unidad no se proclama ni se decreta. Se construye, día a día, caminando juntos.

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