Manolo Monereo y Héctor Illueca *
Miembros del FCSM
La
clave siempre de un discurso político es la definición clara y precisa
del enemigo. No hay política sin enemigo. Desde un punto de vista
emancipatorio y de clase, el enemigo son los que explotan, las clases
dominantes y aquellos que, de una u otra forma, colaboran activamente
para mantener y perpetuar dicho dominio. Otra cosa bien diferente es
cómo se construya discursivamente a los dominadores y cómo hacerlo
llegar a las clases subalternas para que sean identificables. El enemigo
es la oligarquía, es decir, el mecanismo que unifica, centraliza y
organiza a los tres grandes poderes en torno al Estado: económico,
político y mediático. La sociedad, las encuestas así lo dicen, es
consciente de que los que mandan son los banqueros, los grandes
empresarios, las transnacionales y los poderes mediáticos. Toda crisis
económica capitalista implica, de una manera u otra, concentrar y
centralizar el capital y esto está ocurriendo de una forma acelerada en
todos los dominios de la vida social. La tendencia de fondo es hacia la oligarquización de la economía, de la sociedad y de la política.
Podemos ha popularizado el término casta.
Es parte de la verdad, pero no es toda la verdad. Tiene tres problemas
graves esa formulación. El primero, que oculta el enorme poder que
tienen hoy los grupos económicos dominantes; los políticos son casta en
la medida en que cada vez son más subalternos a los poderes del capital.
El segundo, la corrupción es el sistema: los que no se presentan a las
elecciones mandan por y a través de la corrupción; el problema está en
los corruptores y no solo en los corruptos. Tercero, el poner solo la
atención en los “políticos” sitúa los problemas en los procedimientos y
no en los contenidos de la democracia, lo que puede favorecer y favorece
una visión transformista “a lo Renzi”.































