lunes, 17 de agosto de 2026

Fidel y Chávez: Dos revolucionarios y un destino

 






Víctor Ríos

Historiador. Miembro del Colectivo Prometeo

y de la Fundación Neus Català  



(Texto publicado en el nº 271 de la revista Nuestra Bandera, dedicado al Centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz. 2º trimestre de 2026). 


Fidel y Chávez. Bolívar y Martí. Brújulas del pensamiento y de la acción libertadoras ayer, hoy… y siempre. Referentes vivos de un proyecto nuestroamericano en sempiterna construcción ante las fauces del Imperio. Un Imperio que nació, se desplegó y morirá… matando. A los hechos pasados y presentes, que los lectores de esta revista bien conocen, me remito.


La elección de este asunto, el de la relación entre Fidel Castro y Hugo Chávez, trata de realzar el valor de la sincera y profunda amistad que se profesaban ambos dirigentes. Una amistad vivida con intensidad, sin fisuras, desde que se conocieron en persona hasta el final de sus días. Amistad entrañable, rayana en lo insólito si se la contrasta con los talantes y las relaciones establecidas entre tantos fugaces líderes y lideresas  víctimas de la penetración de los valores dominantes en las sociedades del Occidente capitalista.

  

Aproximarnos al conocimiento de la personalidad de Fidel y Chávez y del vínculo que establecieron entre ellos nos permite extraer valiosas enseñanzas desde el punto de vista humano y político. Enseñanzas para el análisis y la prospectiva de sus impactos en América Latina y el Caribe y para cuestiones referidas a los componentes necesarios de una formulación actualizada de un proyecto revolucionario tanto en el Sur Global como en los centros del capitalismo transnacional.

 



La senda común de Bolívar y Martí.


Simón Bolívar y José Martí, dos próceres cuyo pensamiento y acción señalaron el camino de la independencia política y de la unión latinoamericana y caribeña, fueron referentes tempranos tanto para Fidel como para Chávez. La huella de ambos libertadores inspiró sus trayectorias bastante antes del triunfo de los procesos revolucionarios cubano y venezolano. Esta conexión intelectual y emocional con quien se definió a sí mismo, en carta enviada en 1825 al general Santander, como el “hombre de las dificultades” y a la vez con quien dedicara a los niños y niñas americanos los delicados y tiernos cuentos publicados en La Edad de Oro, abonó el terreno para la empatía y las complicidades que brotaron desde su primer abrazo y les acompañaron siempre.

De ahí que para adentrarse en la comprensión de las personalidades sentipensantes, moldeadas por el humanismo revolucionario, de Fidel y Chávez y de su comunión con el alma del pueblo cubano y venezolano convenga practicar una inmersión en la vida y obra de Simón Bolívar y de José Martí. Quien en ellas se sumerja, además de entender mejor a Fidel y a Chávez, seguirá obteniendo hoy en día múltiples y provechosos saberes para enriquecer su acervo poliético.


Cuando Chávez vino al mundo, el 28 de julio de 1954, Fidel, nacido en agosto de 1926, llevaba ya tiempo empapado del ideario de José Martí. Cabe recordar que en su alegato de defensa en el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953, tras declarar que Martí era el autor intelectual de dichos actos y tras denunciar que se le había prohibido que llegaran a sus manos los libros de Martí, afirmó: “Traigo en  el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos.” Fidel fue también un gran admirador de Bolívar, a quien llegó a través de José Martí y consideró su trayectoria libertadora como la de un claro precursor del antiimperialismo. 


Hugo Chávez por su parte, tras sus primeras lecturas de Bolívar en su época de estudiante, pudo profundizar en él y leer a José Martí durante su presidio. La comprensión temprana por parte de Fidel y de Chávez del papel central de Simón Bolívar y José Martí en la gestación de un proyecto de unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños, reforzada en los tiempos de prisión sufridos por los dos, queda atestiguada por el repaso a las lecturas de ambos en sus respectivos cautiverios. Fidel en los 21 meses y 15 días entre el 1 de agosto y el 15 de mayo de 1955 y Hugo Chávez en los 24 meses del febrero de 1992 al de 1994. 


Unas lecturas destacadas entre tantas otras de autores clásicos de las ciencias sociales, de la literatura universal y de las raíces históricas y las gestas de otros connotados precursores de la Independencia y la lucha por la soberanía de sus respectivos países. La fecundidad de estas lecturas carcelarias apuntaló en ambos la forja de un pensamiento propio singular y muy abierto, capaz de fundir el legado de Bolívar y Martí, minuciosamente estudiado, encuadrado y entendido en el contexto de su época, con el de las contribuciones posteriores de Marx, Lenin y Mariátegui, entre otros. 



Algunas referencias sobre la relación entre Fidel y Chávez.


El primer contacto humano directo, personal, entre Fidel y Chávez tuvo lugar el 13 de diciembre de 1994 en La Habana, nueve meses después de la salida de Hugo Chávez de la prisión de Yare. Ambos tenían ya múltiples referencias recíprocas que contribuyeron a su rápida confraternización más allá de sus diferencias generacionales –Chávez tenía entonces 40 años, Fidel 68- y de rango. Al pie de la escalerilla del avión, el teniente coronel bolivariano se encontró con la inesperada presencia del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, quien lo fue a recibir en persona y conversó con él hasta bien entrada la madrugada del día siguiente. 


Hugo Chávez había sido invitado por el brillante historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, para pronunciar una conferencia sobre Simón Bolívar. En ella, tras aludir al impacto que le produjeron en su estancia carcelaria la lectura de dos textos de Fidel, La historia me absolverá y la conversación con Tomás Borge recogida en Un grano de maíz, expuso los fundamentos ideológicos de la Revolución Bolivariana, simbolizados en el Árbol de las Tres Raíces: el pensamiento libertador de Simón Bolívar, la educación popular y el “inventamos o erramos” del maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, y la lucha por la justicia social y la apuesta por la unión cívico-militar de Ezequiel Zamora. 


No se pretende aquí establecer un relato pormenorizado de la relación entre ambos dirigentes, sino destacar algunos de los rasgos humanos y políticos más relevantes de la misma, trenzada a lo largo de trece años, los que van desde diciembre de 1994 hasta febrero de 2013. Y entre ellos, los diez en los que coincidieron en la Jefatura del Estado de la República de Cuba y de la República Bolivariana de Venezuela. Unos años que marcaron sus vidas, dejaron una huella indeleble en la historia de América Latina y el Caribe, y aportan valiosas referencias éticas y políticas para las resistencias, las luchas y las esperanzas presentes y futuras de los pueblos del mundo.


Hablar de Fidel y Chávez es hablar de dos dirigentes con personalidades distintas y valores compartidos. Caracterizar su amistad supone resaltar la calidez, el cariño, la lealtad, la admiración, el respeto mutuo y el compromiso fraguado entre ambos y puesto a prueba en numerosas ocasiones. Unas, de notable trascendencia política, como los valiosos consejos y el activo papel de Fidel durante las 48 horas del Golpe de Estado de abril de 2002 en Venezuela para evitar la inmolación de Hugo Chávez y un mayor baño de sangre,  desmintiendo a la vez por todos los canales posibles la falsedad de la renuncia del secuestrado presidente. Fidel captó inmediatamente la diferencia entre la correlación de fuerzas político-militar en la que se encontró Salvador Allende en el Chile de 1973 y la existente en la Venezuela en 2002, en la que la insurrección popular y la alianza cívico-militar hicieron fracasar la tentativa golpista y lograron el rescate del Presidente y el pronto restablecimiento de la legalidad democrática bolivariana.  


Su profunda amistad tuvo ocasión de mostrarse y fortalecerse también ante episodios adversos en la salud de ambos, como puede constatarse en sus respectivas conversaciones biográficas con Ignacio Ramonet. El minucioso seguimiento que Fidel realizó desde su detección, en junio de 2011, del tumor canceroso en la zona pélvica de Hugo Chávez, y de las vicisitudes de su enfermedad hasta su fallecimiento el 5 de marzo de 2013 resulta altamente conmovedor e ilustrativo del vínculo afectivo que los unía. “Falleció el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano a lo largo de su historia”, escribió Fidel poniendo así de manifiesto que la hermandad fraternal de ambos dirigentes traslucía a su vez la de los dos pueblos unidos en una misma lucha. 


Una somera enumeración de sus cualidades humanas debe dejar constancia de su capacidad de anticipación en detectar amenazas y enfrentarlas juntos mediante estrategias innovadoras, que no podían ser “calco ni copia” de caminos anteriores. Una capacidad que les permitía leer el momento político con perspectiva histórica y combinar la audacia con la virtud revolucionaria de la paciencia, lejos de entreguismos o aventurerismos que podían resultar fatales y facilitar la tarea del enemigo imperial.  

 Fidel y Chávez han sido también dos revolucionarios maestros de la comunicación oral tanto en su faceta de destacados oradores públicos como en la de grandes conversadores en la distancia corta. Con una probada vocación pedagógica en el estilo de sus prolíficos discursos al objeto de sembrar ideas ilustradas y enlazadas con los imaginarios y saberes populares. Aspecto este denostado y ridiculizado por los poderes interesadamente empeñados en la sumisión política y cultural de las mayorías sociales norteamericanas y europeas. El peligro de la potencia política transformadora de la alianza de estos dos revolucionarios latinoamericanos, con pensamiento estratégico y un amplio respaldo popular, no podía pasar por alto a los guardianes de las minorías propagandistas del pensamiento único y del fin de la historia.



Impacto geopolítico de la alianza de Cuba y Venezuela forjada durante los años de liderazgo de Fidel y Chávez. 


Los resultados de la aplicación de estas capacidades en los diez años compartidos al frente de sus gobiernos fueron múltiples, comenzando por el  Convenio Integral de Cooperación Cuba-Venezuela, acuerdo estratégico firmado en octubre del 2000 que estableció un modelo de intercambio compensado por el que Venezuela proveía petróleo a precios preferenciales y Cuba proporcionaba asistencia técnica en ámbitos como la salud, la educación  el deporte y la seguridad, entre otros. Al calor de este convenio se lanzaron las primeras Misiones Sociales, seña de identidad temprana de los contenidos sociales, económicos y culturales de la Revolución Bolivariana. Por ejemplo, durante los diez primeros años de este acuerdo unos 30.000 médicos cubanos trabajaron en Venezuela en la Misión Barrio Adentro y en Misión Milagro.  


En diciembre de 2004 Fidel y Chávez firman la Declaración fundacional de la  Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) –posteriormente renombrada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP)- como alternativa al proyecto neocolonial estadounidense del ALCA. Y en el mismo mes se conforma la Comunidad Suramericana de Naciones, que en 2008 se convertiría en la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), otro nuevo organismo de concertación política con potencial contrahegemónico de las 12 naciones de América del Sur.


En junio de 2005 se dará inicio al proyecto de cooperación energética de Petrocaribe, firmado por 14 países. La planificación y puesta en marcha de estos proyectos comportó una transformación sustancial del panorama económico y geopolítico de la región latinoamericana y caribeña, y de la correlación de fuerzas en el área a partir de la llegada a los gobiernos de fuerzas contrarias a las políticas neoliberales en Argentina, Bolivia, Brasil,  Ecuador, Honduras, Paraguay… El impulso de esta fase culminaría más tarde con la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños  (CELAC) en 2011, integrada por los 33 Estados soberanos de América Latina y Caribe, con la exclusión de Estados Unidos y Canadá, y que podía convertirse en un instrumento relevante de una política contrahegemónica alternativa a la política imperial norteamericana en el área que estos siempre trataron como su patio trasero. 


El potencial de todas las políticas y alianzas trenzadas en este periodo y su impacto no solo en el ámbito americano se ha plasmado desde entonces con los altibajos propios de los vaivenes en la evolución de la correlación de fuerzas en el continente. Una correlación crecientemente desfavorable para el bloque contrahegemónico desde el repliegue norteamericano fruto de sus derrotas en el ámbito geopolítico internacional y su decisión de recuperar el tiempo, el terreno y la influencia perdida en una América cuyos pueblos han ido librando y ganando batallas políticas y culturales rumbo a una unión libre y soberana inspirada en los ideales bolivarianos y martianos. 



Fidel y Chávez: una brújula ante los retos y amenazas actuales.


Hoy en día ya convivimos con crisis socioecológicas, guerras y genocidios como en Sudán y Palestina, y agresiones y medidas coercitivas unilaterales como las que imponen Estados Unidos y la Unión Europea a más de 30 países. Son realidades que matan personas, destruyen infraestructuras, bosques y cosechas y fuerzan migraciones masivas. Asimismo estamos asistiendo a los efectos sufridos por los pueblos de Palestina, Líbano, Cuba, Venezuela, Irán… ante el uso de la llamada inteligencia artificial como arma de guerra. Hay razones para pensar que la situación mundial puede alcanzar cotas más graves y producir devastaciones mayores en los próximos años. 


Sabemos cuál es la lógica y la actuación del gran capital y sus brazos militares, políticos y mediáticos en estos escenarios. Pero, ¿cuál es y será la respuesta de lo que queda de las izquierdas aún dignas de ese nombre? Ante, por un lado, el auge de las extremas derechas, con sus efectos en la correlación de fuerzas y por el otro la desorientación estratégica, el escaso espesor moral y cultural y la debilidad organizativa, de implantación territorial y de recursos y medios de comunicación propios de buena parte de las llamadas “izquierdas transformadoras” occidentales, no hay tiempo que perder. 


Urge forjar y compartir diagnósticos solventes, poner en común reflexiones, experiencias y alternativas, algunas de ellas ya en curso pero desconocidas por esa izquierda ensimismada, desconectada de los excluidos y alejada de amplios sectores de trabajadores desarmados y desalentados ante el aumento de la desigualdad y el empeoramiento de sus condiciones de vida. Contribuir sin dilación a impulsar y reforzar espacios e instrumentos amables, libres de actitudes narcisistas y de lógicas de secta, y capaces de fajarse en trazar horizontes consistentes y esperanzadores ante la barbarie dominante debería verse como una necesidad apremiante. 


Ante esta tarea, conocer el pensamiento y las trayectorias de Fidel y Chávez, de la entrañable y fructífera relación que forjaron entre ellos y de la que contribuyeron a fortalecer entre el pueblo cubano, el venezolano y el conjunto de los pueblos latinoamericanos y caribeños puede ser una ocupación enriquecedora y agradecida para las personas comprometidas con la lucha por una Humanidad justa y libre en una Tierra habitable. Eso sí: se los debe leer sin beatería y entender en su contexto, como ellos mismos hicieron al recoger y proseguir el legado de Bolívar y Martí, al estudiar a los clásicos del marxismo lejos de lo que podríamos llamar en un “modo papagayo”; y por tanto,  sin pretender calcos ni copias, como bien expresó Mariátegui y supieron hacer Ho Chi Minh, Mao, Mandela, Lumumba, Thomas Sankara, el Ché, y tantos otros revolucionarios y revolucionarias del Sur menos conocidos pero de similar valía intelectual, moral y política. 


En mi caso, la consideración del interés del conocimiento de esta fecunda relación entre Fidel y Chávez no se basa solo en horas dedicadas a su estudio. Nació antes, gracias a una experiencia vivida: la de haber tenido el honor y el privilegio de ser modesto testigo directo de la misma en el tiempo en el que  acompañé a Hugo Chávez en el ejercicio de su responsabilidad como Jefe de Estado de la República Bolivariana de Venezuela. Así fue como, en algunos de los múltiples encuentros entre ambos dirigentes, pude constatar lo aquí sucintamente compartido. 

Por ello me atrevo a concluir que hoy más que nunca cabe tener presentes a Fidel y a Chávez. El mejor homenaje que podemos rendirles en efemérides como esta del centenario del nacimiento de Fidel es conocer su trayectoria, estudiar su legado y tomar el testigo colectivo de sus enseñanzas teóricas, morales y políticas. No en vano se trata  de dos dirigentes revolucionarios que han dejado una profunda huella en la historia reciente de las luchas por la emancipación en América Latina. Una huella que se agiganta día tras día con el paso del tiempo y que mueve a expresar la solidaridad más activa y combativa con los pueblos de Cuba y Venezuela ante la constante y hoy creciente y criminal agresión perpetrada por un imperio decadente que acabará derrotado y no podrá impedir el cumplimiento del dicho martiano según el cual los sueños de hoy serán las realidades de mañana.


Bibliografía relacionada

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