Manolo Monereo
Para Aníbal Quijano, maestro.
La importancia de una buena teoría
Entender el mundo para transformarlo. Esa fue siempre la esencia del marxismo, una específica relación entre teoría y práctica desde el punto de vista de las clases trabajadoras. Era tan importante este aspecto que Lenin dio un paso más y nos dijo que sin teoría revolucionaria no había práctica revolucionaria. Conocimiento de lo que hay y voluntad revolucionaria anudaron un tipo de partido, una organización que se proponía ser vanguardia política y vanguardia teórica. Era mucho y, a veces, imposible. La historia se mueve a saltos, por rupturas. Hoy estamos en una de ellas, similar a otras y, a la vez, radicalmente diferente. Se ponen en cuestión 500 años de historia y una crisis civilizatoria que directamente impugna la relación entre capitalismo, sociedad y naturaleza. El final de los tiempos es siempre el comienzo de lo radicalmente nuevo. En esas estamos sin saberlo. No tenemos una teoría lo suficientemente afinada para que nos guíe en un mundo que cambia aceleradamente.
500 años nos miran
Decía Aníbal Quijano: “Cuando los europeos llegaron a estos territorios y conquistaron a las sociedades aborígenes nacieron, al mismo tiempo y a la misma oportunidad, tres categorías históricas: América —y en aquel primer momento América Latina—, el capitalismo y la modernidad. Después de 500 años los tres están en crisis”. Lo dijo en 1991; era ya verdad en esa fecha. Ahora estamos en su conclusión. Iniciamos una larga transición donde se anudan cuatro grandes cuestiones: la crisis del capitalismo globalizado neoliberal, la gran transición geopolítica, la mutación ecológico social del planeta y el declive del occidentalismo. Hay que saberlo expresar, hay una acumulación de crisis que se anudan en torno a un cambio de fase que inicia una nueva época. La trampa de Tucídides aparece con toda su fuerza. La gran cuestión de la época: ¿el declive de la hegemonía de Occidente organizada por los EE.UU. nos llevará a una crisis terminal de la especie? Hay que entenderlo bien, no de la vida; ésta continuará sin la especie del hýbris, de la desmesura, de lo fáustico.
Romper con los códigos vigentes
El modo liberal euroamericano de exponer los problemas es tan conocido que lo asumimos dócilmente. Enumeramos los problemas de la humanidad y luego buscamos quien los solucione. Queda bien pero no sirve para mucho. Se dice que hay una crisis ecológica planetaria; se constata que hay problemas serios de desigualdad y pobreza; a renglón seguido se dice que, dada la riqueza reinante, todo se podía resolver en un espacio corto de tiempo y, sin más, se mira al cielo y se espera que las Naciones Unidas lo resuelvan. El mundo no funciona así. Por detrás y por delante de los problemas está el poder, la competencia entre grandes potencias, las relaciones determinantes entre poder económico, ideológico y militar y, sobre todo, ordenación jerárquica de la toma de decisiones a nivel mundial. Un mundo que funciona así no es agradable, pero es el que existe. La fase histórico-social está marcada por una gran transición geopolítica; pasamos de un mundo unipolar organizado y dirigido por los EE.UU. a otro multipolar que señala como nuevos actores determinantes a China, India, Indonesia, Pakistán y la reconstituida Rusia. El eje del poder transita, después de 500 años, de Occidente a Oriente. Esto transforma el mundo que hemos conocido. Dicho de otro modo, los “sures” del mundo tendencialmente se organizan frente al imperialismo colectivo de la triada y exigen voz, pluralidad y multiculturalidad. El mundo ya no será solo Occidente. La colonialidad del poder está radicalmente cuestionada. El mundo construido desde la península euroasiática que hemos conocido como Europa, definitivamente se acaba.
