Julio Anguita
Colectivo Prometeo
Colectivo Prometeo
Angela Merkel ha dicho de la UE que está «en una situación crítica».
Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, ha incidido
también en la idea de «crisis existencial» a la par que sentenciaba:
«Nunca he visto tan poco en común entre nuestros Estados miembros». En
junio de este año Reino Unido ponía fin a su pertenencia a la UE. Y aquí
en España ya son conocidas las presiones y prisas de Bruselas para que
el Gobierno ponga en marcha más recortes y más reformas del llamado
mercado laboral. ¿Tiene esto algo que ver con el edulcorado e
hiperbólico discurso europeísta que desde el estatus económico, político
y mediático se ha ido vertiendo, desde hace dos décadas, sobre las
cabezas de la ciudadanía española? El hecho cierto es que el
Eurobarómetro del 2013 señala que solamente el 17% de los españoles
confía en la UE, cuando en el 2004 era el 65% ¿Por qué?
En 1997, el que fuera canciller de Alemania, Gerhard Schröder,
advertía que el euro «traería más paro». Entre los años 1996 y 1998 la
Revista del Círculo de Empresarios de Madrid publicaba artículos de
algunos exministros de Economía en los que se decía que el Tratado de
Maastricht (padre de la actual UE) era una reforma constitucional
encubierta. En mayo del 2012 Felipe González escribía en el Diario El
País que «Cuando se decidió que hubiese una moneda única, el euro, y un
Banco Central único, nos olvidamos de unos cuantos elementos
fundamentales para que el sistema funcione como es debido». ¿A qué se
refería González? Pues nada más y nada menos que a las condiciones
necesarias que la ortodoxia económica vigente exige para crear una Zona
Monetaria Óptima: convergencia de las economías, convergencia fiscal en
un espacio territorial en proceso de cohesión económica y social. El
euro se organizó contra la lógica más elemental. No se puede tener una
moneda única para un territorio en el que las diferencias económicas,
sociales y territoriales son cada día mayores.
