viernes, 17 de abril de 2015

Otras visiones, otras lecturas.Podemos e Izquierda Unida: no hay alternativa a la unidad

MANOLO MONEREO |Fuente: Cuarto Poder


A los que luchan por la Unidad
Popular: los perdedores de hoy
son los portadores del futuro

     En una reciente reunión de la presidencia de Izquierda Unida, Cayo Lara, con el tono que ya es habitual en él, me interpeló sobre mi (supuesta) propuesta de “partido orgánico” y la necesidad de llevarla a la próxima asamblea de IU. De pronto comprendí que el problema era que el coordinador no había entendido el concepto y que polemizaba conmigo sobre un supuesto falso. Para decirlo claramente desde el principio, someter a votación en un congreso el “partido orgánico” es como decidir el concepto de clases sociales, Estado capitalista o la concepción de la hegemonía político-cultural.
     De la “caja de herramientas” analíticas de procedencia gramsciana, el término “partido orgánico” hay que diferenciarlo del partido-institución. Se puede decir que para el destacado comunista sardo cada clase social básica tiene un solo partido fundamental que le es propio, lo que no impide que existan diversos partidos-institución ligados a él. Hoy, el “partido orgánico” emancipatorio sería el conjunto de fuerzas sociales, políticas y culturales que están por el proceso de transformación social. Para poner un ejemplo, en Madrid serían parte del “partido orgánico” Manuela Carmena o Mauricio Valiente; Luis García Montero o José Manuel López, pasando por Tania Sánchez o Agustín Moreno. Sin entrar en demasiados detalles, estos serían las puntas del iceberg del “partido orgánico” de la Comunidad de Madrid.

     Un concepto así configurado tiene mucha importancia estratégica y normativa. Nos dice, en primer lugar, que la clave de la política emancipatoria siempre está en este bloque sociopolítico y cultural, en su desarrollo, en su unidad y cohesión política e ideológica. En segundo lugar, que los partidos-institución pueden ser o no funcionales a dicho “partido orgánico”, es decir, pueden favorecer su coherencia y vertebración o pueden contribuir a su división y a su ruptura interna. En tercer lugar, que la estrategia democrático-popular debe propiciar la organicidad, es decir, la correspondencia entre el “partido orgánico” y los partidos-institución transformadores.
    No es fácil defender la convergencia y la unidad de las distintas fuerzas transformadoras y de izquierda en plena campaña electoral y cuando hay una competencia muy fuerte entre ellas. El “partido orgánico” ha cambiado mucho en este último periodo, en su composición y hegemonías internas, en su capacidad de organización y de movilización, en su pluralidad interna y en sus consciencia. Podemos refleja las insuficiencias de las viejas izquierdas y expresa un proceso contradictorio, heterogéneo y conflictual de organización de un nuevo sujeto político. El “espíritu de escisión” es muy fuerte y la búsqueda de diferenciación es casi inevitable.
    Izquierda Unida vive una situación especialmente dura. No es fácil atravesar tantos desiertos y no encontrar el oasis de un buen resultado electoral. La crítica es siempre más fácil que la autocrítica cuando caen chuzos de punta y la organización corre el riesgo de sumirse en la irrelevancia. Se ha pasado de la esperanza de una subida electoral que forzara un acuerdo de gobierno con el PSOE, a luchar con uñas y dientes por un espacio político menguante. Como se verá, las condiciones están dadas para un durísimo antagonismo entre estructuras partidarias, quedando muy atrás las aspiraciones, los deseos y las demandas de un “partido orgánico” que sabe que la unidad no tiene alternativa. Se podría decir que son momentos propicios para los sectarios de todos lados, para el cierre de filas y la búsqueda del enemigo interno.
    Sorprende, sin embargo (las elecciones andaluzas y las encuestas así lo dicen), que no seamos capaces de entender que las diversas izquierdas y Podemos somos insuficientes para los objetivos que individual y colectivamente nos proponemos. Este punto no puede ser eludido. La cuestión de fondo sigue siendo restauración o ruptura democrática, continuidad o cambio, en momentos de crisis del régimen y de transición (muy avanzada ya) hacia una democracia limitada y oligárquica.
     La asimetría de fuerzas es espectacularmente favorable a los poderes dominantes. Cada acción de los de abajo implica una reacción de los de arriba que puede ser igual o, como sabemos ya, superior. Los que mandan y no se presentan a las elecciones siempre tienen el poder suficiente para construir alternativas. Sabemos que han reaccionado con prontitud y determinación: el surgimiento y el desarrollo de Ciudadanos como fuerza estatal y el ataque sistemático contra Podemos dice con mucha claridad que estamos ante una guerra de verdad y que los de arriba van a oponerse con toda su energía a cualquier intento de cambiar la actual correlación político-institucional de fuerzas.
    Estas elecciones podían haber sido una oportunidad para avanzar en un proceso de unidad popular y de convergencia social y política de las fuerzas que están por la construcción de la alternativa al bipartidismo neoliberal dominante. Al final, creo, que no será así. Los llamamientos a candidaturas unitarias, a la unidad por abajo y demás consignas de la izquierda no consiguen eludir lo fundamental: la unidad por abajo es mucho más difícil de conseguir que la unidad por arriba. Es tremendo, pero es así. Cuando las cosas llegan abajo, en nuestras específicas condiciones, aparecen todos los demonios de la izquierda, sectarismos, oportunismos, desprecio, en definitiva, a las gentes “comunes y corrientes”. La “casta” está metida en nuestros huesos y falta grandeza y sobra mediocridad y pusilanimidad.
    Hay que continuar. En centenares de lugares de nuestra patria se han hecho intentos de construir unidad popular. El resultado ha sido desigual, pero esperanzador. La unidad popular es la “prueba del nueve” de la coherencia programática y política de la izquierda. Vivimos una situación contradictoria: la izquierda reformista no lo es y el programa común puede ser el de una inmensa mayoría de nuestra sociedad. Podemos llegar al gobierno. ¿Qué haremos desde él si desde arriba y desde abajo no hay un pueblo organizado y con sentido de la historia? Es un viejo asunto, transformismo o transformación social.
    Muchos y muchas pensarán que somos idealistas, gentes con buenas intenciones pero sin posibilidades reales de cambiar esta sociedad. Los “listos”, los realistas, los que todo lo saben, los que están en posesión de la verdad de siempre, dicen que no hay más cera que la que arde y que todos los demás somos ilusos, incompetentes soñadores de un futuro mejor. Olvidan una cosa, no pequeña, que nos enseñó el viejo Marx: la realidad es contradictoria y expresa tendencias reales hacia lo peor y hacia lo mejor, hacia la involución o el progreso social. Nada hay menos realista que aquellos que aceptan esta realidad como la única realidad.