domingo, 8 de enero de 2017

La UE, una cuestión nacional: Orígenes de la Unión Europea ( I )

  
Keppler: Jefes del Senado (1889)
 Pepa Polonio
  Colectivo Prometeo 
 Mesa Nacional del FCSM
    Nos preguntamos cómo hemos llegado adonde no queríamos ir. El origen de Europa está vinculado a las guerras. Concretamente, a las luchas por el control hegemónico del valle del Rhin entre Alemania y Francia. Estas luchas están en el propio origen de Alemania, que termina de unificarse tras la derrota de Francia en la guerra que acaba con la incorporación de Alsacia y Lorena al estado que Bismarck ha hecho surgir a partir del reino de Prusia. El Canciller de Hierro incorpora la cuenca minera al completo y la principal vía de comunicación hacia el interior de Europa al nuevo II Reich.
    Tras un primer intento de Estado Obrero, La Comuna de París, que termina con una alianza de todos los bienpensantes contra los revolucionarios, la III República francesa busca a la par la grandeur imperialista y la revancha europea. La ocasión se presenta con la I Guerra Mundial y sus juegos de alianzas basados en la máxima «los enemigos de mis enemigos son mis amigos», perversa en sí misma. Unos 16 millones de muertos después, con la confianza en la racionalidad del género humano perdida, llega el Tratado de Versalles y el hundimiento económico de Alemania. Angela Merkel terminó de pagar la indemnización en octubre de 2010. Francia recupera Alsacia, Lorena, y se queda con el control de la otra orilla del río mítico. Su recuperación será el combustible que alimente el revanchismo alemán, canalizado a través de Hitler y su Partido Nacional Socialista Obrero Alemán.
   De la mano de los nazis llega la II Guerra Mundial, la invasión de Francia y la colaboración de Pétain, que una vez más, aglutina a todos aquellos que tienen más miedo a los rojos en sentido amplio que a los nazis. El espeso manto de silencio que se ha extendido sobre los colaboracionistas franceses hace que permanezca oculta una guerra civil soterrada que se produjo en el país vecino muy poco tiempo después de la nuestra, y que tuvo también como actores y víctimas a refugiados republicanos que fueron allí a continuar su lucha. El mito, una vez más, se abre paso: toda Francia resistió, excepto algunos traidores. Los soviéticos se pierden en sus frías estepas, los americanos desembarcan en Normandía para liberar Europa, los ingleses resisten en su isla y nadie sabe quiénes son esos españoles que liberan París. El cine ayuda mucho.

  Aparece en escena una gran potencia que ya empezó a perfilarse en el horizonte de Versalles: Estados Unidos. Junto con la Inglaterra de Churchill y la URSS de Stalin, que entonces no era tan bestia parda, se reparten el mundo en zonas de influencia, y la Alemania del III Reich, que debe desaparecer como tal. La capital, Berlín, también es dividida en cuatro zonas. Francia coge su parte, a pesar de que el gobierno francés había colaborado con el alemán, porque interesa forjar el mito con la ayuda de De Gaulle. El problema es cómo mantener la influencia en sus respectivas zonas. No se puede mantener la ocupación de unos territorios europeos y guerras coloniales después del desastre de la guerra mundial y sus 60 millones de muertos.
   Estados Unidos hace a sus aliados el favor de ocuparse de los territorios alemanes, excepto de la parte soviética. Los millones de dólares caen como maná del Plan Marshall y Alemania, la República Federal Alemana, se recupera milagrosamente. El Berlín Occidental es el escaparate donde se refleja la grandeza del capitalismo frente a la miseria que traen los rojos soviéticos.
   Pero el Plan Marshall es un préstamo a fondo perdido. Es decir, hay que devolverlo, en algo diferente al dinero, y con intereses. Se crea la OTAN, empieza la Guerra Fría, y con ella, cambia el centro hegemónico mundial. Son los años en los que los aliados dejan de ser imperios coloniales, en los que se desarrolla la carrera de armamentos, con bombas más letales que las utilizadas hasta ese momento. Y a nuevas circunstancias, hay que buscar nuevas formas de resolver viejos conflictos.
En el origen de las tres últimas guerras libradas en Europa está la posesión de los territorios mineros e industriales de la cuenca del Rhin y el control de la vía de comunicación. Se busca una solución al conflicto que no incluya la guerra. Si lo que se quiere es la explotación económica, mejor compartir que seguir peleando. Es más barato, y, visto lo visto, menos peligroso. También más vendible a las nuevas sensibilidades pacifistas. Europa puede aparecer como paradigma de la civilización y de la paz. Y se negocia el Tratado de Roma, que incluye la Alemania capitalista, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, y el otro eterno elemento en discordia: Italia, la salida al mar de Alemania desde tiempos del Sacro Imperio. A partir de aquí, las luchas hegemónicas de Alemania se van a librar en el terreno económico, y van a contar con el apoyo incondicional de sus aliados de clase. Queda claro que los enemigos son los rojos, aunque estén descoloridos, y que el objetivo es mejorar el beneficio económico.