sábado, 28 de febrero de 2015

Sobre estadísticas, lenguaje y consciencia.




Jorge Alcázar 
 FCSM y Colectivo Prometeo 

Los tiempos políticos actuales viven inmersos, tanto de un lado como de otro, en una orgia de cifras, estadísticas y porcentajes. Casi todos los partidos políticos, los políticos e incluso la gente corriente que se acerca desde su humilde balcón al teatro del presente tiempo histórico, contemplan día sí, día también, unos datos emitidos por empresas a sueldo y con rúbrica del pagador, dándoles valor de realidad que, aunque provengan de la tierras brumosas de la Estadística, a fuerza de repetirse y soldarse en los tabloides, radios y telediarios, cobran casi el cuño de ser ciertos.
      No es raro que muchos, los más grandes matemáticos, y muchos, de los más grandes, científicos del campo de las exactas, hayan renegado de la estadística, considerándola como una hija bastarda del conocimiento exacto, al cual se acude tangencial, pero nunca centralmente. Tan es así, que gran parte del desarrollo de la estadística moderna, como hoy se entiende y practica, proviene del tiempo libre, lúdico incluso, de eminencias matemáticas dieciochescas, o bien de ilustres trabajadores de las compañías de seguros y demás esferas alejadas del conocimiento matemático puro.
     Pero dicho lo anterior, nuestro mundo, el político, económico, social, etc., se mueve en términos estadísticos. A la necesidad de tener un cierto conocimiento de la realidad económica, política y social de una colectividad tan grande como puede ser el estado español, se une una segunda razón del uso de la estadística no menos importante: la ductilidad y maleabilidad de las cifras, de sus resultados, es benévola para unos y otros. Así, es posible que un gobierno como el de España, unos políticos como los de este gobierno o unos medios de comunicación al servicio del poder, construyan una realidad paralela, siempre bien abrigada por cifras, datos y resultados, que persigue la confusión en nuestras mentes, la desorientación y la creación de una fe casi mística, en unas políticas y unos señores y señoras que se aferran a las mismas para forjar una situaciones abstractas y una corriente de opinión colectiva, la de la recuperación, que sólo obra su veracidad en las lagunas etéreas de la estadística.

     Unido lo anterior a la máxima Goebeliana que dice que una mentira repetida mil veces, llega a ser verdad, y mezclado todo en la batidora social con la alienación del lenguaje a que estamos sometidos cuando de eufemismos para enmascarar realidades se trata – véase racionalización del gasto público o contención salarial-, nos dan como resultado la inconsciencia profunda en la que nuestra sociedad navega.
     Del tumultuoso tiempo político, económico y social de nuestros días aflora desde hace algún tiempo un bullir que burbujea, que en momentos, casi quema y se derrama; sin embargo, ese caldo azogado y humeante que es nuestra sociedad, ¿hacia dónde quiere dirigirse? Para dar una respuesta de futuro social y humano a una mayoría social, para construir un porvenir útil y real para nosotros y nosotras, la izquierda transformadora, los sectores en lucha y en definitiva, todos aquellos espacios que se rebelan organizadamente contra la opresión y la injusticia que nos impone el sistema actual, deben empezar por hacer pedagogía y desnudar las mentiras que cifras, datos y corrientes de opinión ofrecen.
     ¿Qué significa hacer pedagogía? Significa transmutar los conceptos falaces que hoy se imponen por las verdades reales y tangibles que se esconden tras los eufemismos que los crean. Significa explicar que creación de empleo no es sinónimo de mejoría social, por muchas cifras que se aireen, si detrás de ésta se esconde la precariedad laboral; pedagogía debe ser enseñar un nuevo paradigma de economía y de política que esté al servicio de las necesidades del común por encima de los intereses de unas minorías, y que ésta economía es posible; enseñar que nuestros regímenes democráticos no son tales, pues la democracia es un ejercicio que se debe practicar día a día, en cada espacio, para que se materialice, y no cada cuatro años; hacer pedagogía para que en nuestra forma de entender el mundo cale el hecho hondo y veraz de que frente a una minoría que posee patrimonio, medios y poder, está una mayoría cuyo único aval es su capacidad para trabajar, participando de un mercado laboral cada vez más desigual y salvaje; hacer pedagogía para que no nos diluyamos en clases irreales que siembran la desunión a través de categorías como emprendedores, funcionarios, asalariados, parados, etc., y así tomar la esencia de nuestra posición en el mundo; hacer pedagogía para ser conscientes de que otro mundo es posible, y de que sí, que se puede.
      Sin duda, más allá de los escenarios electorales que este año nos depara, la lucha deberá recrudecerse hasta abarcar ámbitos fuera de los meramente electorales, si de lo que se trata es de transformar realmente nuestra sociedad. Y uno de los frentes más urgentes en el que la sociedad organizada en lucha debe dar la batalla es el de la confrontación ideológica y de lenguaje. Por ello, en nuestros discursos, acuerdos y reivindicaciones, debemos dejar paso a posturas pedagógicas que hagan saber en lo teórico a la mayoría social, lo que ya intuye ésta en la práctica del día a día, pero que todavía no se ha materializado. Política como instrumento de cambio, economía al servicio de la mayoría, participación ciudadana como fórmula de transformación, posibilidad de construir una realidad más allá de la que nos dicen debe ser, deben marcarse en el frontispicio de nuestro discurso, de nuestra actitud y de nuestra labor en adelante.
      Para vencer la realidad paralela y artificial creada, para desnudar las mentiras que las cifras, el pensamiento único y los medios del sistema imponen, debemos arrojarnos en lo cotidiano, a través de los espacios organizados y de unidad, al ejercicio pedagógico de explicar al palabra y el concepto mutilados, para que, partiendo de las necesidades y realidades concretas, lleguemos a los hechos teóricos que las explican. Sin duda, debemos reconquistar el lenguaje hoy distorsionado, para dar a las palabras, a las ideas y a los hechos, la contingencia necesaria para transformar y crear en un sentido positivo otro mundo mejor para la mayoría de los que en él vivimos.