Manolo Monereo
Colectivo Prometeo
La izquierda ha decidido unir su suerte a la Pedro Sánchez. Señal de los tiempos; lo que pueda ser la izquierda ya lo deciden y lo definen las derechas. Este gobierno sería de izquierda radical y su presidente un oportunista capaz de poner en peligro la democracia del gobierno del Reino de España.
La polarización que nos gobierna deja poco espacio para la política real, para el programa y el debate de ideas y proyectos, coloniza el espacio público e impone una agenda con las cartas marcadas por los grandes poderes. A Sánchez siempre le vino bien; su fuerza, en gran medida, está relacionada con el miedo de una parte, significativa de la ciudadanía ante la probable victoria electoral de las derechas unificadas de Vox/PP. Razones tienen.
El margen de maniobra del gobierno es cada vez más escaso, las estrategias judiciales lo persiguen y la táctica de resistir cueste lo que cueste, se va agotando. La clave es determinar el momento oportuno para convocar elecciones: o el primer trimestre o el segundo del 2027. Lo astros son escrutados con mucho detenimiento y los zahories electorales andan interpretando datos y vislumbrando escenarios, Pedro Sánchez decidirá ¿Qué hace lo que antes se llamaba izquierda alternativa? Contarse, preparar listas, mirar a los cielos y esperar, sobre todo esperar, un milagro, a ser posible personalizado, que le permita obtener votos y escaños para seguir en política con alguna influencia institucional ¿Qué hace el PSOE? Calcular, con la información disponible que da Tezanos, si merece la pena esperar que su izquierda se una (están en juego algo más de una docena de escaños) o considerar llegado el momento para reclamar el voto útil y concentrarlo en el partido del gobierno. En medio, como siempre, todo tipo de sugerencias: posibles listas conjuntas para el Senado, retirada de determinadas circunscripciones para el Congreso o ir en las candidaturas del PSOE.
No merece la pena analizar con detalle el estado de la izquierda española. Solo constatar su debilidad orgánica, la pérdida continuada de base social y electoral, su desconexión con los territorios, y, sobre todo, su incapacidad para definir un proyecto propio, caracterizado, independiente; hablo de proyecto autónomo de país.
La gran dificultad, piénsese en la etapa de Julio Anguita, ha sido diferenciarse del PSOE desde un proyecto definido en positivo y con un anclaje ideal y programático alternativo al neoliberalismo y desde una lógica socialista.
¿Dificultades? Sí, enormes; externas y, sobre todo, internas. El bipartidismo siempre ha sido un modo de organizar el poder para que los que mandan y no se presentan a las elecciones sigan controlando los resortes básicos del sistema económico, fijen la agenda pública y subordinen a sus intereses particulares las estructuras del Estado.
La experiencia de la Izquierda Unida de Anguita, del primer Podemos y de algunas otras, enseñan mucho. La oligarquía financiera-empresarial española combatió y combatirá cualquier fuerza política o movimiento social que pretenda poner límites a su poder o lo cuestione es sus facetas básicas.
Lo hará empleando todos los medios legales, ilegales y paralegales; organizando tramas, conspiraciones y usando a fondo los resortes del poder del Estado. No hay que equivocarse. Siempre trató de oponerse radicalmente a las reformas sustanciales que el país necesitaba para democratizar los poderes económicos, controlar el sistema financiero, asegurar una financiación justa del Estado, garantizar la soberanía popular y la independencia nacional.
Hay que entenderlo desde el principio; en el contexto histórico-social antes indicado, a saber, con el bipartidismo como forma de organización del poder y con el dominio creciente de los grandes grupos financieros-corporativos y mediáticos, la tentación de la izquierda ha sido siempre tocar poder, no crear (contra) poder social; no organizarse sólidamente y con tiempo en los territorios y en el conflicto social, sino priorizar el trabajo institucional y electoral; no formar, no educar en torno un proyecto político-cultural de largo aliento desde el punto de vista de las clases populares, sino repetir viejas letanías y mirar al poder, a los poderes, generosamente disponibles a la integración y a la ampliación de las clase política.
El dilema lo conocemos: construir, organizar un sujeto político-cultural alternativo, o concebirse y actuar como la izquierda del PSOE, como una fuerza política cuya tarea básica es hacer girar hacia la izquierda al social-liberalismo dominante. La clave, insisto, ha sido la misma desde los inicios de nuestra modélica monarquía parlamentaria: renunciar en el nombre del realismo al programa, a la autonomía política y al proyecto.
Un destacado dirigente llegó a decir que para IU seguir gobernando era sagrado. No, gobernar o no gobernar nunca tuvo que ver con los dioses. En la tradición marxista del movimiento obrero se relacionó desde el comienzo con la correlación real de fuerzas, con la cohesión orgánica y la coherencia ideológica de la formación política, con la firmeza del equipo dirigente. Y sí, con el programa. Análisis concreto de la realidad concreta. No es este el momento para hacer un balance de lo que ha supuesto para la izquierda gobernar con el PSOE, tiempo habrá. Sin embargo, es obligado hacerse una pregunta: ¿cómo es posible que después de cinco años en el gobierno la izquierda se encuentre al borde de su desaparición? Tampoco aquí se debería hacer trampas. En esa misma tradición se defendió con mucha convicción la unidad de acción, los frentes democráticos, la lucha por las libertades, las reformas sociales. El problema siempre fue otro: como oponerse a las derechas unificadas sin convertirse en aliados subalternos del partido socialista, sabiendo que eso significaba desaparecer
Ahora se vive una paradoja extremadamente cruel. De facto, Pedro Sánchez se ha convertido en el líder de eso que se ha dado en llamar el progresismo. La dialéctica izquierda/derecha funciona con una doble cara: las derechas criminalizando al presidente del gobierno, generando odio y miedo; el partido socialista presentándose como el único capaz de impedir la llegada de los fascistas de Vox al gobierno. ¿Dónde está el problema? La inexistencia, también de facto, de una izquierda autónoma, sigue manteniendo fuerte electoralmente al PSOE, pero no lo suficiente para ganar; para vencer a las derechas sería necesario una fuerza política con perfiles claros y diferenciados a la izquierda de los socialistas.
Como la verdad es siempre concreta, se trataría de hacer una propuesta a la altura de los desafíos y al borde del precipicio, sabiendo que del dicho al hecho viene un trecho que tiene que ver con la fuerza organizada que se tiene.
Lo primero, reconocer que se está ante un quehacer fundacional: construir una nueva fuerza democrático-republicano, capaz de organizarse como (contra) poder social; lo segundo, afianzarse en la coyuntura bajo el principio de “hacer fuerza de la debilidad y tomar la iniciativa”. La condición previa es abandonar el gobierno del PSOE. Se trata de emitir una señal clara de ruptura con la etapa anterior y definirse, en una campaña electoral que ya comenzó, por una nueva estrategia política.
Para ganar a las derechas hace falta un partido/movimiento alternativo al neoliberalismo, contra la guerra y el rearme, estrechamente ligado al mundo del trabajo y a las nuevas generaciones; lo tercero, las bases sociales de lo que fue la izquierda están desmoralizadas, sin proyecto, sin horizontes de futuro; entre el mal menor, votar a Sánchez, o el mal mayor, no votar, esperando hasta el último día para decidir.
Lo que nos espera, lo conocemos por anticipado: unidades electorales por arriba sin ideas ni propuestas, la pelea habitual por las listas, el desayuno cotidiano con las causas judiciales de los socialistas; unas derechas envalentonadas anticipando su llegada al gobierno y un clima creciente de miedo y de apelaciones al voto útil.
Para generar esperanzas concretas, posibles, viables, hay que salir del camino que lleva a la derrota y arriesgar, arriesgar. Literalmente, nada tenemos que perder. Arriesgar y aprovechar este tiempo electoral para hacer lo que debemos: construir fuerza organizada, definir una estrategia y precisar, desde la vida cotidiana de las personas, un programa de país al servicio de las mayorías sociales.

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